El cuento del buen vecino

Imagen de Hands off my tags! Michael Gaida en Pixabay Hoy os voy a relatar el cuento del buen vecino, un hecho real como la vida misma. Para ello omitiré nombres reales y me abstendré de dar localizaciones exactas. Solo quiero que leas lo que en algún lugar sucedió y la lección que recibió toda una comunidad de vecinos donde siempre había reinado cierta armonía. En parte, imagino que gracias a buenos vecinos como este.

1ª Parte del cuento del buen vecino: Don Mariano

Érase una vez un buen vecino de nombre inventado (Mariano), cuyo comportamiento era ejemplar. El hombre cumplía con sus «obligaciones de vecino común». Tenía un trato cordial con los demás habitantes de la comunidad, e incluso se podría decir que su educación era exquisita para con los demás. Acudía a las reuniones de su junta de vecinos, exponía sus ideas, aportaba otras nuevas, cedía su sitio en el ascensor a otras personas mayores que venían con bolsas de la compra, mantenía la puerta del portal abierta si veía acercarse a algún conocido y le esperaba, saludaba con un amable buenos días en sus paseos matutinos. Y además, te saludaba siempre con una impecable sonrisa para darte las buenas tardes en el descansillo, mientras sostenía del brazo a su anciana mujer. A todo esto, hay que sumarle que nunca se le conoció pleito alguno con nadie.

En definitiva. Podría decirse que era una suerte, en los tiempos que corren, compartir comunidad con un hombre de tan majestuosa calidad humana. Don Mariano era un ejemplo y todos éramos sabedores de ello.

2ª parte del cuento del buen vecino: El macarra y su perro agresivo

Imagen de Klaus Hausmann en PixabayEn la misma comunidad, desde hace menos tiempo, reside un tipo que ronda la treintena y que tiene muy poco trato con el vecindario. Macarra (nombre NO inventado) hacía cada día lo que venía en gana tanto en su casa como en el portal. Si bien en su casa ejercía todo su derecho, no así fuera de ella. A Macarra le gustaba avasallar al personal con miradas displicentes y una actitud más propia de un borrego que de un ser humano.

Si te cruzabas con él en el ascensor y le dabas los buenos días, emitía una especie de sonido a modo de saludo. Paseaba con su perro de gran tamaño y si llegaba a la puerta del portal antes que tú, era probable que te la cerrara en las narices. Tenía la educación de un homínido (que me perdonen los mismos) y vestía con una gorra que siempre llevaba con la visera hacia un lado (suponemos que no se abrá dado cuenta de que donde molesta el sol es en los ojos). Todo esto, lo hacía mientras caminaba por la urbanización como si apartara las gallinas, que diría el bueno de Leo Harlem.

Macarra vivía en un mundo paralelo, donde para él solo existían sus leyes. Estas, no eran otras que el libertinaje puro y duro. Se reía en público del resto de sus vecinos alzando la voz, sobre todo cuando estaba en compañía de otros homínidos. En ocasiones, utilizaba una amplia carcajada que le hacía parecer un idiota, aunque esto último solo lo sabía el resto de la humanidad, él no. Pronto se daría de frente con aquello que los seres humanos denominamos «realidad»

3ª parte del cuento del buen vecino: El suceso

Suponemos, y digo suponemos, porque no lo sabemos con seguridad, que Don Mariano y Macarra ya habían tenido algún encuentro fortuitoanteriormente, y este no fue precisamente amistoso. Pero según tenemos entendido, Don Mariano, siempre acompañado de su loable educación, había dejado pasar por alto varios de los desmanes de Macarra.

Cierto día, cuando yo accedía al portal, un totalmente desconocido Don Mariano se alzaba de puntillas, queriendo superar su 1,60 de estatura, para encararse con una persona a la que por el momento no había reconocido. Don Mariano, fuera de si, poseído por el mismísimo demonio y con los ojos inyectados en sangre, le decía a un, ahora acojonado Macarra, lo siguiente:

La próxima vez, entro a tu casa cuando estés escuchando esa mierda de música a todo volumen, y te meto el brazo hasta el codo para que te la tragues entera

Yo no entendía nada. De hecho mi presencia puso fin a la discusión. Me limité a mirar a Macarra y a decirle a Don Mariano que se calmara. El hombre entró conmigo en el ascensor, y debido al nerviosismo, solo pronunciaba cuatro palabras inconexas:

—Tsss, mmmmm, el gilipollas, tssss me dice que la mierda, tsss la puerta, se la meto en la boca.—

No salía de mi asombro, Don Mariano, un hombre ¡Qué digo! ¡EL HOMBRE! más ejemplar que me había cruzado hasta entonces, perdiendo los papeles y la educación delante de cualquiera. No podía ser…

4ª parte y última: El desenlace

Imagen de Hier und jetzt ended leider meine Reise auf Pixabay 😢 en PixabayPasaban los días, y aún estaba afectado por aquella imagen del ejemplar Don Mariano encarado a Macarra. Sabía que todo aquello tenía una explicación, y tenía que encontrarla. Me faltaban piezas, pero tenía dónde ir a buscarlas. El conserje.

Tengo la suerte de vivir en una comunidad con conserjería, y allí está siempre el bueno de Fermín (nombre inventado de conserje) que se entera de todo sin salir de la pecera en la que acumula horas. Es una especie de vieja del visillo uniformada con un juego de llaves maestras.

Le conté lo que me había sucedido, y lo mucho que me había extrañado el comportamiento de Don Mariano. Fermín, sabedor siempre de todo lo que acontece entre vecinos, por fin acabó de desvelarme la historia. Allá voy:

El bueno de Don Mariano comparte descansillo con Macarra. Han tenido varios encontronazos, que gracias a la educación de Don Mariano se han sobrellevado con el paso del tiempo, hasta que la gota colmó el vaso, como suele ocurrir en muchas de estas situaciones.

Volumen alto de la música, ruidos a altas horas de la madrugada, meadas del perro en el descansillo. Pero aquel día Don Mariano, se encontró a su mujer arrodillada frente a la puerta, recogiendo una mierda de perro del tamaño de una tortuga gigante de las galápagos. La buena mujer le había dicho a Macarra, que el «perrito» se había defecado en la puerta de su humilde hogar y que por favor recogiera los restos. Macarra, con su chulería habitual y acompañado por una superioridad física plausible, la respondió —Recójalo usted si quiere

Don Mariano, lleno de indignación, se puso unos guantes de fregar (así lo contaba Fermín, mientras gesticulaba como si se subiera los guantes) y  dibujó un cuadro mitológico, o abstracto, no se sabe, en la puerta de Macarra, utilizando como pincel un guante de fregar, y como pintura, los excrementos del animal. Para que no hubiera duda de su autenticidad (nunca se sabe con esto de la piratería) Don Mariano  acompañó la obra de arte con un cartel que rezaba:

«LA PRÓXIMA VEZ TE METO LA MIERDA POR LA BOCA. MARIANO, 3º A»

Y como se que os gustan mucho los finales felices, aquí finalizo como deben acabar siempre los cuentos: colorín, colorado, este cuento se ha acabado.

FÍN

Moraleja: Todos convivimos en algún momento con un Don Mariano y un Macarra en nuestras vidas. Regala obras de arte.

Sed felices 😉

Un comentario

  1. Me ha encantado… Ya me estaba temiendo que Don Mariano fuera familia de Macarra…
    Maravilloso!!
    Y seguiré tu consejo, regalaré «Obras de Arte» como respuesta a un agravio.
    Un abrazo!!

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