Fray Perico y su borrico

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Descubriendo un libro mágico

Siempre he pensado que descubrí mi amor por los libros bastante tarde, como tantas otras cosas. Pero para ir descubriendo un libro mágico siempre se tiene tiempo. Y es que eso de llegar con retraso a los sitios no va mucho conmigo. Pero lo de darme cuenta de ciertas cosas bastante tarde es otro tema del que ya os hablaré.

Las cosas no acompañaron. No tuve a mi lado a ese profesor ideal que me enseñara a amar la literatura de una forma más pasional y profesional, o más técnica, por decirlo de alguna manera. En este sentido, he sido yo mismo el que ha ido descubriendo poco a poco cada uno de los pasos que debía dar. Fue mi padre, el tío más cultivado que he conocido y que probablemente conoceré en toda mi vida, quien me metió los libros por los ojos, sin hacerlo de un modo dictatorial. De alguna manera, y de esto me di cuenta siendo ya mayorcito, en la casa de mis padres siempre ha habido libros en cualquier parte, algo que ha funcionado con el paso del tiempo. Eso y mucha paciencia.

Es curioso, pero cuando empiezas a disfrutar con la lectura, y digo a disfrutar de verdad, o a querer leer por ti mismo, también comienzan a surgir ciertos recuerdos almacenados sobre los primeros libros que cayeron en tus manos. Hago hincapié en lo de disfrutar, porque en lo que se refiere a mis años escolares, prácticamente me enseñaron a aborrecerlos. Así, tal como suena.

Rememorando ciertos aspectos y, siento ser pesado, a pesar de que el colegio no me ayudó (ni en esto, ni en muchas otras cosas), recuerdo con claridad cual fue el primer libro que acabé íntegramente y que me sorprendió para bien.  Como lo oyen amigos «Fray Perico y su borrico».

Esto eran veinte frailes

La situación discurrió de forma rocambolesca. En el colegio nos mandaron leer el libro en casa y hacer después una especie de resumen, un ejercicio muy común que en la escuela repetían diecisietemil veces sin lograr ningún éxito en el alumnado. A lo mejor en el quinto libro podrían haberse dado cuenta, pero solo «a lo mejor». Yo me leí la contraportada y puse lo que se me ocurría, y ahora mismo no tengo memoria para saber si la jugada me salió bien o no. Lo cierto es que no me leí el libro hasta el verano siguiente.

Esto eran veinte frailes, así empezó todo. En mi antigua habitación, mis padres habían puesto una estantería con decenas de libros. No se bien si estaba allí por falta de espacio, o por que ellos habían decidido colocarla estratégicamente, más bien un poco de todo. El caso es que funcionó. Una tarde de verano agarré aquel libro del «Barco de vapor» con los lomos anaranjados tan solo por curiosidad, y ahí empezó la magia.

Cuando lo terminé, en no más de 8 ó 10 días, recuerdo la pena que sentí por llegar al final. Desde ese momento, empecé a empalmar lecturas durante los meses de verano. Os diría que ya tenía entre 9 y 11 años, pero sinceramente no me alcanza la memoria.

Solo recuerdo lo entretenida que me parecía la vida en aquel convento, con aquellos frailes tan originales. Aún recuerdo hasta sus nombres, Fray Cucufate el del chocolate, Fray Olegario el bibliotecario, Fray Mamerto el del huerto…¡Auténtica diversión!

Hace pocas semanas, caminando por un centro comercial me acerqué como siempre al área de venta de libros. No podía creer lo que veían mis ojos. Ahí estaba después de varias décadas, una edición renovada de aquella maravillosa historia de Juan Muñoz Martín. La misma que tan buenos ratos me hizo pasar, y que probablemente, fue un pequeño empujón para mi posterior afición a la lectura. Ahora tengo la oportunidad de disfrutarlo con mis hijos y no veo en el horizonte el momento  de sentarme con ellos a disfrutar.

Soy muy pesado con este tema, pero no me importa lo más mínimo. La importancia del gusto por la lectura es imprescindible para cualquier niño. Mejor dicho, IMPRESCINDIBLE (con mayúsculas). Allí descubrirán lugares, personajes, paisajes, ambientes, sentimientos y emociones que en ningún parque temático o consola de videojuegos, se pueden recrear. Esto solo ocurre porque serán ellos mismos quienes los inventen a su gusto, sin necesidad de recurrir a normas ni conceptos. La primera sensación de libertad absoluta que experimentarán en su vida.

Sed felices 😉

6 comentarios

  1. Para nada eres pesado. Más en estos tiempos que los libros están tan amenazados, recordar la importancia de la lectura en la infancia debemos de hacerlo todos cuando podamos.
    Y totalmente de acuerdo que las lecturas obligadas de las escuelas son una losa peligrosa. En mi caso también en casa eran lectores y me inculcaron el hábito desde pequeña. Si no fuera así… posiblemente la detestaría con las joyas que vi en mi etapa estudiantil ^^u
    ¡Un abrazo!

    • Creo que eso también ha mejorado, los colegios han mejorado en ese sentido. Y los propios profesores han pasado por esas pesadas lecturas obligatorias. Muchas gracias por pasarte Vanessa. Saludos.

  2. Pues yo empecé con mi amor a la lectura cuando ni siquiera sabía leer. Mis padres cuando iban a comprar el periódico me compraban los Don Mickey, esos pequeños comics de Disney con aventuras del Pato Donald, Mickey y compañía. Como era en plan comic yo misma creaba las historias. Luego aprendí a leer y pasé a los Cinco (7 años) que me los bebía en un día y siempre pedía más y más. Luego Sandokan, que me encantaban los piratas… Luego todo lo que se me ponía al alcance. Tengo que confesar que los de Barco de Vapor llegó cuando yo ya había consumido demasiados libros super entretenidos y se me hacían demasiado bobos. Pero en fin… Yo leía de todo.

    Gracias por hacerme recordar mis primeras lecturas.

    • ¡Los Cinco! ¡Qué maravilla! Creo que heredé de mi tío unos cuantos libros. Hace pocos años, en el expurgo de una biblioteca, encontré un tesoro de 4 libros y los volví a leer. Muchas gracias por pasarte Violeta. Saludos

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