Lo que dejamos por el camino

Vuelvo la vista atrás. ¿Dónde estábamos hace un año? ¿Cuándo empezó todo? Coronavirus de por medio, hemos cambiado, claro que hemos cambiado. De hecho no somos los mismos. Algunos dicen que para mejor, les creo. Otros dicen que a mucho peor, también les creo. ¿Por qué no iba a hacerlo? Sus razones tendrán, o no. Quién sabe.

Los que se quedaron por el camino

Esos son los que me importan. Los que no llegaron. Miro de nuevo atrás y me da igual donde estuviera. Lo cierto es que ya no recuerdo ni la última vez que escribí en este blog. Reviso y trato de hacer memoria. Mi sorpresa es que el último post escrito iba dirigido a ellos.

Veo que no he dejado señal por estos lares desde hace un año. La verdad es que no me importa. Después de lo que hemos pasado me parecía una broma de mal gusto sentarme aquí a contar algo. No había nada de interés, nada, cero, nulo.

Y aquí estoy, volviendo a arrancar una vez más. Es lo bueno de este sitio. Aquí mando yo. Aquí todo empieza y acaba donde a mi se me antoja, y eso no lo puede cambiar nadie. Y después de casi un año, en el que tenía claro que no iba a mejorar lo último que había escrito, he decidido sentarme a explicar los motivos. No he venido porque no me ha dado la gana, porque no he reunido la fuerza suficiente y porque estoy embarcado en uno de los proyectos de mi vida. Pero sobre todo, porque yo me dejé a alguien muy importante por el camino.

Mamá

La dejé a ella, al saco que recogía mis penas y las convertía en palabras de ánimo. A mamá. Y como ella fue la primera y la última en leerme, no he querido que ese post de los viejos que tanto la había gustado, quedara en el baúl del olvido. He preferido dejarlo todo como estaba y decirle a los que entraban, que aquellas letras que estaban viendo, las plasmé pensando en ella.

Me dijo cuánto le gustaron mis palabras. Me dijo que lloró leyéndolas. Y se fue. Para siempre. Se me congeló el teclado junto con las ganas de crear y de creer. Y me han faltado ánimo y aliento. No he querido mejorar lo que ya había. De hecho me he convencido de que era imposible y que la meta estaba en otra carrera, y para variar, la he empezado.

La conclusión es muy sencilla. Se fue mi mejor lectora, mi gran lectora. La única que esperaba con ansia a que yo expusiera algo. ¿Has escrito? decían los mensajes en el teléfono. Y hasta el aparato se quedó mudo, como todo después de aquello.

Pero la ilusión es la ilusión. No se si me leerá desde algún lugar, pero lo cierto es que la despedida de mi madre me ha llenado de una valentía que desconocía. Ahora no hay paradas a medio camino, si empiezas, acabas. Ahora a las cosas las llamamos por su nombre, sin abreviaturas. Y por qué no decirlo, la mala leche también sale, no puede quedar dentro que envenena. Y si uno es gilipollas hay que hacérselo saber, no vaya a ser que nadie se lo diga y no se percate. Es un favor para todos, para el gilipollas, para mi y para el público asistente, que se dará por enterado.

Ya concluyo, no quiero ser pesado. Estoy de vuelta, con mamá en el pensamiento, con la ironía intacta y con el colmillito algo más retorcido. Pero sin maldad. Este seguirá siendo un espacio para el bienestar, la cultura y las risas. Si hiciese lo contrario, iría en contra de los principios que me llevaron un día a sentarme aquí. No voy a contaminar estos dominios, no pienso pasar por eso.

Y no, no me lo perdonaría.

Sed felices 😉

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