La consulta del Doctor Felicidad

Image by valelopardo from Pixabay

—Buenas tardes, doctor.

—Buenas tardes señor Nacho ¿Cómo se encuentra usted?

—Pues mire, venía a verle por un serio problema de tristeza.

—¡Ay la tristeza! Causante de tantas dificultades y obstáculos en esta vida.

—Bueno, si. La verdad es que alguno que otro.

—Lo dice poco convencido.

—Verá doctor. Yo realmente no me encuentro triste. Tal vez algún día un poco alicaído, pero lo que se dice triste, triste… no estoy.

—Entonces, ¿Por qué viene a verme?

—Pues a eso iba, que se me ha adelantado. Resulta que aunque no me siento triste, debo estarlo.

—¿Perdone?

—Si, si. Como lo oye.

—Vamos a ver señor Nacho. ¿Cómo va a estar usted triste si no se siente triste?

—Déjeme explicarle. Resulta que yo tengo cuentas abiertas en varias redes sociales: Facebook, Twitter, Intagram, el bar de la esquina, etc… Y en todas hay gente feliz las 24 horas del día y los 7 días de la semana. Es una jodida pasada. Todos felices durante todo el puto día. Le podría contar mil casos: Comidas copiosas, fiestas en la playa, fotos chulis con los dedos haciendo la V de victoria, o de vendetta, o de vegano. Es increíble, mire por donde mire, la gente está feliz todo el puñetero día.

—¿Y que hay de malo en todo eso?

—No, no, si a mi me parece cojonudo.

—¿Entonces? No le sigo…

—Pues que parece que la gente nunca se aburre. Le pongo un ejemplo.

—Adelante, soy todo oídos.

—En el día de ayer. Me levanté por la mañana, me hice un café con leche y me salió «aguao». Más tarde fui a la compra al super de la esquina. Después me comí unas lentejas que estaban más duras que el portón del chalet de un narcotraficante. Me eché una siesta. Luego bajé al parque con el niño y estuve allí tres horas, y me subí a casa con más frío que el ginecólogo de Frozen. Después hice la cena para mi mujer y mis hijos y me fui a dormir. ¿Usted cree que yo puedo colgar una foto pleno de felicidad haciendo todo eso? Si lo mejor fue la siesta y no me puedo retratar mientras duermo.

—Bueno. Pues la vida normal de un padre, digo yo. Sigo sin entenderle.

—Joder, pues que miro en las redes sociales y veo que mis amigos, que también tienen hijos y trabajan, han estado de barbacoa, se han bañado en la piscina o en la playa, han salido de copas y eso que hay toque de queda, se van de viaje a los Fiordos noruegos en plena pandemia con tres hijos, un loro y dos san bernardos. Y además, se echan unas fotos, o selfies como dicen ahora, y ponen cosas del estilo: Ay que bien se está cuando se está bien aquí en la playa tan agustito. Todo junto, sin comas.

—¿Pero todo la misma persona?

—No, no. Varios.

—Discúlpeme, sigo sin entenderle caballero.

— Vamos a ver doctor, que es practicamente imposible que un padre y una madre trabajadores, con dos hijos, se vayan de fiesta un martes, o que organicen una barbacoa un miércoles y un viaje a los Fiordos en medio de una puta pandemia.

—Me parece que lo que usted tiene es envidia.

—Pues claro que la tengo, no te jode.

—No se me enfade. Pero creo que tengo claro su diagnóstico.

—Dígame doctor, ardo en deseos de escucharle.

—Creo que usted sufre…me va a perdonar.

—Venga joder, escupa.

—Creo sinceramente, que usted es lo que se conoce en el argot medicinal como un «pringao de manual».

—¿Perdone?

—Si, si, sin dudarlo.

—No se que decirle, la verdad. ¿Pero esto tiene cura?

—Lo cierto es que no, es más, viéndole la cara es bastante probable que lo sea usted toda su puñetera vida. Pero para calmarle, le diré que hay un tratamiento para reducir considerablemente los efectos.

—Le escucho atentamente.

—Es lo que conocemos como el arte del «disimule»

—¿El disiqué?

—El disimule. Es muy fácil. Por ejemplo: ¿Usted se puede ir mañana mismo al Pirineo aragonés con su mujer y sus hijos y hacer una ruta de senderismo?

—¿Mañana? ¿Un martes laborable? ¿Estamos locos? Pues claro que no, los niños tienen colegio, yo trabajo y además…

—¡Vaaale! ¡Pare, pare! Que me va a hacer llorar. Aquí es donde entra en juego el tratamiento del «disimule». Si como parece, es evidente que usted mañana no podrá ir al pirineo aragonés a darse un paseo, no pasa nada. Con las mismas, se va usted al Cerro de los Ángeles en Getafe y busca alguna zona de frondoso arbolado.

—Pero eso…

—No me interrumpa, por favor. Acto seguido, pone la cámara del movil en modo retrato para darle profundidad al asunto, ensaya su mejor sonrisa mientras rodea con los brazos a su familia, y se hace una buena foto. Puede repetir la instantánea doscientas veces, hasta que la risa, el efecto luz y la V de victoria chachi superguay de sus dedos, queden primorosas. Una vez terminado, coge usted la foto y pone un comentario del tipo: «Mountain day» ó «de picnic chuli with my family», y veintisiete hashtags del estilo: #mountain #senderismochuli #airepuro #picnicchuliinthemountainwithmifamily. Sus redes sociales arderan al instante con «likes y me gustas» de todos los colores.

—Pero oiga, eso es faltar a la verdad ¿no cree?

—¿Y quién coño va a saberlo? Es ahí donde entra el juego el disimule. Usted no está en el Pirineo aragonés, pero lo disimula.

—Aahhh. O sea, que tengo que aparentar felicidad máxima aunque esté en el Cerro de los Ángeles debajo de un chopo con un sandwich de máquina de hospital.

—Correcto. De hecho, no creo que sea usted el único que utiliza el tratamiento.

—¿De verdad? ¿Es eso cierto?

—Se lo aseguro. Es más, creo que su amigo está ahora mismo en el Palacio de Hielo, no en los Fiordos. Revise bien esas fotos.

—Me deja usted ojiplático.

—Ya lo imaginaba. Pero usted recuerde, una foto postureando cada ocho horas, aunque esté en Valdemingomez de excursión. Lo importante es aparentar ser feliz por cojones.

—Muchas gracias doctor, me voy mucho más tranquilo. Nada más salir de aquí empiezo con ello.

—¡Esa es la actitud señor Nacho! ¡Recuerde, postureo del bueno al instante! ¡Y mucha agua!

—¿Agua? ¿Para qué?

—Para la foto. No se olvide, un pantano de cerca es una playa en Facebook.

—Joder doctor, no deja usted de sorprenderme.

—Para eso estamos.

—Buenas tardes doctor.

—Buenas tardes amigo.

Acto seguido, abandoné la consulta y vi a mi mujer esperándome con el coche en la acera de en frente. Me dirigí hacia ella con una amplia sonrisa y entré con ímpetu en el vehículo.

—Hola cariño —dije con vigor.

—Hola mi amor ¿Qué te ha dicho el médico?

—Que soy más pringao que el que barría los desiertos.

—¿Y eso?

—Arranca cariño y te voy explicando por el camino.

—¿Vamos a casa?

—De eso nada. ¡Al Cerro de los Ángeles!

—Nacho, es martes y son las ocho de la tarde. Además, hay que recoger a los niños, bañarlos y darles de cenar.

—Cariño, me estás jodiendo el tratamiento. Así empezamos mal.

4 comentarios

Deja un comentario