El año que trafiqué con cromos

Finales de los 80, coleccionar cromos eran palabras mayores si lo comparamos con lo que significa ahora. Completar todo aquel conjunto era una misión que podía abarcar una etapa entera de tu vida. Todo dependía de la suerte, del kiosko donde comprabas habitualmente y de otros factores que contaré más adelante.

Mi pasión fueron los cromos de fútbol, casi una enfermedad, podría decirse. Lo recuerdo todo como si hubiera cogido ayer mismo la barra de pegamento para poner el último.

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Coleccionar cromos era educar

Además de una aventura que podías compartir con cualquiera, ya fueran hermanos, amigos, padres, daba igual. En tu colección de cromos acababa colaborando todo el mundo, si pedías ayuda en algún momento.

Memorizar

Décadas después sigo recordando los nombres de los futbolistas de primera división que jugaban en la primera división del fútbol español. Incluso los curiosos motes que tenían muchos de ellos. Inolvidables eran para mi el tato Abadía, José Miguel González Gonzalez Martín del Campo «Michel» y Carmelo Navarro «el Beckenbauer de la Bahía» entre muchos otros.

Negociar

Aunque el precio de cada sobre de cromos valía 5 pesetas y eso era inamovible, bien pequeño tenía que solicitar a mis padres y a mis abuelos que me financiasen la compra. Esos eran los comienzos de unas negociaciones que, a medida que iban progresando, serían más duras..

Luego llegaba el momento de negociar también con otros coleccionistas el valor del cromo que a ti te faltaba. En mi generación regateábamos con los piés jugando al fútbol en el parque, con los cromos para completar la colección y con las madres en cualquier puesto del mercadillo del barrio.

Desde que el abuelo me daba aquella robusta moneda hasta que yo cerraba el álbum, pasaba una temporada bien larga llena de negociaciones, algunas más fáciles que otras.

Estrategia

Los grandes estrategas del barrio en los años 80 se fraguaban en interminables partidas de cromos. Aquellas divertidas competiciones donde jugábamos a «la camiseta», «al pantalón» o a «la pared» requerían de un altísimo nivel de estudio sobre como afrontar cada partida para hacerte con los tesoros que escondía tu rival. Emocionante sería decir poco, os prometo que cuanto mayor interés tenía la partida, más cantidad de público se concentraba alrededor para verla.

Emprendedores

Como lo oyen. Los primeros emprendedores que afloraron por las calles «hacían la cole». Las mentes doblegaban esfuerzos para ser cada vez más creativos e ingeniosos.

Y aquí me tengo que mencionar con orgullo. El que les escribe inventó el juego de la rana para cromos. Cobraba las partidas a 2 cromos y tenías 3 fichas planas de colores que debías meter dentro de la boca del anfibio. Solo acertando 2, te devolvía los 2 cromos, pero si acertabas 3, te daba 4. Aquel fue mi primer gran negocio y tuve que utilizar una enorme caja de zapatos para guardar mis abundantes ganancias. Emprendimiento a tope.

Coleccionar cromos como primer proyecto

Efectivamente. Completar aquella colección era una satisfacción inconmensurable. Poner el último que te faltaba en el álbum era un momento único, algo irrepetible. Era culminar un proyecto en el que habías depositado tiempo y algo de dinero. La guinda de un pastel que rubricabas con orgullo.

Para muchos niños fue el primer proyecto de sus vidas, sin dudarlo. Un divertido viaje que solía durar una temporada y en el que te habías embarcado con la firme intención de llegar a buen puerto. Terminar la colección era, en parte, lograr los primeros objetivos que te habías propuesto.

Coleccionar cromos, un bello recuerdo de la infancia

Y en eso quedó todo. En un bello recuerdo de la infancia que nos devuelve a una época mucho más divertida y entrañable, donde los niños nos veíamos obligados a desenvolvernos en la creatividad y en una responsabilidad más adaptada a los años que teníamos. Sin pantallas de por medio y con un método eficaz que te obligaba a forjar relaciones sociales.

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