Fin de curso. Los niños han ganado

Se acaba el colegio y con la llegada del fin de curso las alegres vacaciones estivales ya se pueden empezar a vislumbrar en el horizonte. Todo es alegría cuando está a punto de finalizar el primer curso escolar de la era post-covid.

Todavía recuerdo el miedo con el que los padres llevábamos a los niños al colegio allá por septiembre. Las decenas de octavillas recibidas con las medidas de prevención quedan ya lejos, se puede decir que las tenemos asumidas. Al final, padres e hijos nos hemos acostumbrado a salir de clase en escalada, a llevar la mascarilla, a guardar la distancia de seguridad, y el que más o el que menos, lleva un par de PCR´s a sus espadas, o a sus narices.

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Fin de curso atípico

Pues no creo que sea para tanto. Quitando la fiesta del agua y que dentro de lo malo, las cosas han ido medianamente bien, se puede decir abiertamente que nos podemos dar con un canto en los dientes con el resultado. ¡Que estábamos cagados en septiembre! ¿O es que ya nadie se acuerda?

Al final, con tal de vivir, nos adaptamos a lo que sea. Que no es poco, lo se. Pero es que los niños lo han hecho perfecto. Y eso que han tenido que ventilar las clases en febrero, que tendría que hacer más frío que en la comunión de Olaf. Pero ahí están, ni se han inmutado. Han aceptado lo que venía y cuando venía, sin más. Ni han rechistado, ¡qué bien lo han hecho! Me emociona recordarlo, de verdad.

Y sobre nuestro fin de curso ¿qué dice el análisis?

Pues que somos muy flojitos. Mucho más que los pequeños. Nosotros hemos rechistado por todo. Que si me mareo con los horarios de las clases, que si hay que esperar demasiado con esto del Covid, que a ver cuando acaba esto para que todo se normalice… Nuestros niños si que lo han normalizado todo, hasta lo de escuchar nuestras quejas día tras día.

Y los profesores también lo han normalizado, claro está, porque no les quedaba más remedio. Cuando salían del cole y los niños no les vigilaban, volvían a ser adultos. Y se quejaban también. Seamos honestos.

Pero somos animales de costumbres. Yo de hecho voy a quedarme la mascarilla para las próximas primaveras de mi vida. Me ha venido fenomenal con los pólenes. Vamos, que no he ido estornudando por la calle como si estuviera poseído, que era lo que me pasaba años anteriores.

El primer fin de curso donde las notas no importan

O importan menos, vale. Que seguro que hay ya algún ofendidito con la escopeta cargada. Pero vamos, que en septiembre lo único que nos preocupaba era que todos volviésemos sanos a casa. Ahora con la relajación de las normas, pensaremos de nuevo en las notas de fin de curso.

Y la calificaciones no me dirán nada. El sobresaliente se lo ganaron los peques allá por enero, cuando iban a clase con manta y capucha. En serio, ¿les vais a pedir más? No me cuadra, os juro que no me cuadra. Después de las filas interminables para entrar y para salir, de echarse gel cada veinte minutos, de jugar en grupos reducidos, de ponerse mascarillas, de aguantarse las ganas de abrazar a los compañeros y de otros tantos sacrificios, no les pienso ni mirar las notas. Pueden llamarme mal padre, me sentaré a llorar en una esquina. O seguramente no.

¿Y ahora, qué?

Ahora a disfrutar. Los niños llevan dos años sin vacaciones. Ahora tienen que romperla. En la playa, en la montaña, en la piscina, en el parque del barrio, en un puto charco del parque del barrio. Da igual, se lo han ganado. Han sido los jodidos vencedores de este curso. Sin discusión.

Sed felices;)

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