La noche que vinieron a verme

La nocturnidad me envolvió en un placentero y profundo sueño. Seguía desconcertado y algo perdido, pero estaba allí. Una imagen atemporal, cercana, casi palpable. Mis piernas no podían avanzar, mi voz estaba apagada, imposible pronunciar nada, parecía ser un preso de la carcel de mis propios sueños. Así comenzó todo, así se inició la noche que vinieron a verme.


Pero era él, no lo dudé ni un instante. Le delataba aquel chaleco granate con el cuello de pico, el palillo entre los dientes y la pierna doblada apoyada sobre la vieja pared. Al fondo el paisaje era verde y ocre, solo era interrumpido por el trazado de las líneas horizontales del viejo y oxidado raíl de la vía del tren.

Y mi estado de ánimo cambió por completo, volví a ser feliz, a pesar de no poder hablar, a pesar de que yo le escuchaba y él no parecía hacer lo mismo. Y seguí agarrado a su acogedora mano, me dejé llevar mientras le miraba desde mi nueva corta estatura. Ahora caminábamos por una acera estrecha del Madrid de los años 80, bajo la sombra de los árboles de un conocido parque. Sin saber por qué, instintivamente le daba patadas a las piedras, no podía evitarlo, era una acción que me situaba en una época mucho más amable que la actual.

El paisaje ha cambiado otra vez, ahora todo es oscuro y vuelvo a estar solo. Me siento perdido y las ganas de llorar son infinitas, casi irremediables. Mi cuerpo vuelve a ser el de siempre y una sensación de frío ha empezado a recorrer mis piernas y sube penetrante por la espalda. Siento que estoy cayendo hacia el vacío y no puedo evitarlo.

De repente una claridad cegadora ataca mis ojos. No entiendo nada, ahora estoy tumbado y las gotas de agua se escurren por mis mejillas, empiezo a recuperar la visibilidad. Mis ojos sienten un pequeño escozor pero el olor a salitre y el sonido de las olas del mar me son muy familiares.

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Imagen de Manuel Reina en Pixabay

Me incorporo, apoyo las manos en la fina arena y cojo un puñado mientras la dejo caer entre mis dedos. Conozco aquel lugar, pero no puedo ponerle nombre. Me pongo de pie y veo a un niño y una niña de tez morena corretear por la orilla. Disfruto de la panorámica y me relajo de cara al horizonte, los rayos del sol son suaves y no me afectan, misteriosamente el astro rey está ahora a mi espalda.

De repente suena un silbido corto en la lejanía y me resulta tremendamente conocido, además me alerta de algo a mi espalda. Me giro y distingo a un centenar de metros la terraza de un bar con sillas metálicas. Ahora él está sentado en una de las mesas con otras dos personas más. Me hace una señal con la mano para que vaya.

Vuelvo a flotar, quisiera correr pero me es imposible. Mientras me acerco, observo una reluciente carpa de color blanco en la que sobresale la imagen de un loro de color verde. Vuelvo a mirar a la mesa, no puedo creer lo que veo. El corazón se acelera y noto que empieza a faltarme el aire, quiero llorar de alegría pero mis lágrimas están contenidas, no pueden salir.

Me siento en la única silla libre de las cuatro. Ellos me miran con dulzura y una sonrisa brillante, yo solo puedo apoyar mis manos en la mesa y devolverles la mirada y la expresión nerviosa de felicidad, parecen entenderme. Sobre la mesa descansa una cerveza, un bitter y una tónica. Son ellos, no cabe la menor duda.

Se levantan, me miran y me acarician con cariño, solo ella viene a abrazarme. Su voz me sorprende y me anula del todo. Ahora tiene un aspecto mucho más joven y su cabeza está cubierta por un pañuelo de bonitos colores. Mientras coge mi cara con las dos manos lo dice:

«Tranquilo, estamos bien»

No puedo expresar todo lo que tengo para ella. Es imposible, se me amontonan las palabras en los labios. Se da la vuelta y se marcha agarrada entre ellos dos, con un paso lento y tranquilo se pierden en dirección a un horizonte luminoso. Todo se empieza a oscurecer de nuevo hasta que la negrura vuelve a invadirme. De fondo un estridente sonido me incomoda.

Apago la alarma y miro el reloj, son las 5:30. Todo ha sido un sueño muy real y estremecedor. Me incorporo sobre el borde de la cama y todavía noto los latidos del corazón bombeando bajo mi pecho. En la oscuridad de la noche trato de localizar mis gafas mientras palpo sobre la mesilla, algo entorpece mi búsqueda. Noto un papel áspero y rugoso, no recuerdo haber dejado allí nada más que mis gafas y el teléfono movil.

Enciendo la luz y observo aquel papel perfectamente doblado. No me suena de nada, pero a primera vista parece una de aquellas servilletas que se amontonaban en un dispensador sobre las mesas de los bares. Cuando lo abro, leo la inscripción, y las pulsaciones vuelven a galopar. No puede ser.

La imagen conocida de un ave con el pico curvado y un color verdoso y alegre, protegida por aquella inscripción: «El loro verde»

Por fin logro susurrar entre dientes en mitad de la madrugada… Abuelo, abuela, mamá, os echaré de menos.

Así recordé la noche que vinieron a verme.

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