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Soy camarera

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Es la una de la madrugada, mi jornada acabó hace dos horas y aquí sigo con estos horribles zapatos que me están machacando los pies. Repaso con la mirada todo el restaurante y observo cada mesa una por una. No falta nada, todo está recogido y preparado escrupulosamente para mañana.

Pero mi vista se detiene en la única mesa que todavía sigue ocupada. Allí están, entre carcajadas y ruidos provocados por los golpes con la palma de la mano, las dos parejas y aquel borracho que siempre les acompaña. No reparan en que, además de haber llegado quince minutos antes de cerrar la cocina, me tengo que ir a descansar después de una estresante jornada de doce horas. Doce putas horas.

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Pero continuan, a ellos parece importarles una mierda el tiempo que llevo entre carreras, comandas, pedidos, platos, bebidas, carreras, más comandas, más platos, más bebidas, etc… Ellos son felices, es una noche de cena entre amigos, otra más. No hay problema, el dueño del bar les tiene en estima.

—Trátalos bien niña, son buenos clientes. —me dice entre risas.

«Y yo soy una camarera cojonuda, pero después de tantos años todavía no te has dado cuenta», pensé para mis adentros.

Y el jefe, con esa sonrisa forzada que provoca la clientela que va a aumentar la cuenta corriente, riega las copas de balón con licores variados. Los agasajados clientes se codean entre ellos sintiéndose especiales y henchidos de orgullo por la majestuosa atención. Me dan ganas de decirles en voz alta lo idiotas que son, que no se sientan especiales, que tan solo forman la parte más importante del negocio, la de pagar. Pero a mi qué más me da, yo solo quiero que acaben y se vayan a la mierda. Quiero sentir la comodidad de un asiento y que la sangre vuelva a circular por mis piernas.

Lo vuelvo a revisar todo una vez más, he montado las mesas para el día siguiente, he barrido, he fregado, he colocado las copas, los platos, los vasos de tubo, los de caña, todo lo que se puede colocar, absolutamente todo. Pero allí sigo casi dos horas después del fin de mi jornada. Esperando a que aquel imbécil, que ya me ha guiñado el ojo dos veces, se acabe el último trago. Otra vez me vuelven las ganas y quiero decirles que se vayan, pero no…

—¡Niñaaaa! Échame un poco de hielo que se me está aguando. — Grita desaforado el borracho sin mirarme ni siquiera a la cara.

«Lo que me encantaría es echarte un cubo de ácido por encima, pero la ley me lo impide».  —vuelvo a pensar para mi.

Le recojo el vaso sin mirar y con cara de pocos amigos.

—¡Uy! ¡Esta está muy seria! —dice el borracho mientras sonríe a sus amigotes.

No puedo más, si me sigo aguantando voy a explotar.

—Lo que estoy es cansada de currar todo el día y aguantar las bromas de la gente.

Se hace el silencio en el salón. Casi lo agradezco. Mi jefe me dirige una mirada fulminante mientras cojo las pinzas y pongo dos piedras de hielo dentro del vaso. 

—¡Marta! —Me llama el jefe, con la misma cara de pocos amigos.

Con el vaso en la mano, me dirijo hacia la barra en la que está apoyado con los brazos abiertos. Me hace un gesto para que pase dentro. Parece que tiene algo que decirme.

—¡Marta joder! Son unos buenos clientes, no les respondas así. —me dice susurrando.

Asiento con la cabeza a regañadientes. Aunque a su vez mi cerebro está desarrollando un monólogo que dice todo lo contrario.

«No, estos no son buenos clientes, los buenos de verdad no se quedan a cenar y a tomar copas cuando les dices que faltan quince minutos para cerrar la cocina. Los buenos clientes son como esa parejita que vino a cenar a las nueve de la noche y que a pesar de que nos habíamos equivocado con una de sus bebidas, se dirigieron a nosotros con mucha educación, para comentarnos el error y ver si podíamos solucionarlo. Además, dejaron la mejor propina del día y se despidieron haciéndonos saber lo que más les había gustado. ¡Esos eran buenos clientes! No las dos niñatas venidas a más con los pijitos de sus novios y el atontado que les acompaña».

—Aquí tiene, su hielo.

—Gracias, guapetona.

«Me cago en la putísima de tu madre». —vuelvo a pensar interiormente mientras finjo, con infinita paciencia, no haber escuchado nada.

Diez minutos después deciden levantarse. El jefe me hace una señal y les abro la puerta mientras van saliendo. El borracho viene el último, ahora entiendo que hace con las dos parejas. Es él quién lo ha pagado todo. Estoy segura de que me va a decir algo antes de salir, los conozco a la legua, son todos iguales.

—¿Qué vas a hacer ahora chata?

—Dormir.

Se hace el silencio unos segundos.

—¡Joder, qué sosa eres!

No le respondo. Cierro la puerta y todavía tengo que escuchar a mi jefe como me da una lección de moral y otra de simpatía. La verdad es que me entra por un oído y me sale por el otro. Sólo quiero descansar y perderles de vista. Bastante tengo ya, no te jode.

Me marcho de allí y la calle está en completo silencio. Es una gozada, probablemente sea la mejor sensación de todo el día. Todavía tengo que andar durante dos kilómetros hasta llegar a mi casa. A esas horas no hay transporte público que funcione y mis piernas deben afrontar un último esfuerzo. Mientras camino voy pensando en mi futuro, en las probabilidades que tengo de cambiarlo todo y abandonar de una vez por todas la exclavitud que supone mi trabajo. Lo voy a conseguir, tengo que modificar muchas cosas pero yo soy la dueña de mi destino, nadie más.

Cinco años después

—Buenas tardes, me llamo Marta Fernandez Aloisio, soy la jefa del departamento de recursos humanos y les voy a entrevistar uno por uno. Vayan pasando tal y como la persona que les precede salga del despacho.

A pesar de ser la única mujer en aquella sala, siento que tengo la sartén por el mango. Los cuatro me miran asustados, pero uno de ellos lo hace con la cabeza un poco gacha.

—¿Alberto Canales?

—Esto…si

Responde el de la cabeza gacha. Parece avergonzado y eso despierta mi interés. Su cara me resulta conocida.

—Usted será el primero.

Entro en mi despacho, dejo el bolso y el abrigo colgado del perchero y tomo asiento en mi cómodo sillón.

—Hola buenas, con su permiso—masculla aquel tipo cuyo rostro me resulta familiar y por un momento me devuelve a mis años de bandeja y comandas.

De repente, me viene a la cabeza aquel borracho del restaurante, el que lo pagaba todo. No puedo reprimirme, me he esforzado durante muchos años para tener la oportunidad de vivir situaciones como esta. Mi expresión hace el resto.

—Pasa, joder, no seas soso.

Sed felices 🙂