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La salud mental, un valor desprestigiado

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He de reconocer que, siendo más joven y un poquito más inconsciente, siempre sentí una especie de desprecio (entiéndase bien esta palabra), en lo que se refiere a los asuntos relacionados con la salud mental.

Por decirlo de alguna manera, siempre que observaba síntomas de depresión o ansiedad en algunas personas, en mi interior se alzaba una pequeña voz con una crítica que le quitaba valor al asunto.

Simon Biles y su retirada de la competición por motivos de salud mental

Esta semana, los periódicos han llenado sus páginas con el asunto de la atleta Simon Biles, que decidió no defender su título de campeona olímpica para tratar sus problemas de salud. El asunto ha dado carnaza a los medios para, en cierta manera, deshumanizar un poco a la deportista. Y eso me recordó mi forma de actuar antaño.

Al mismo tiempo, traté de explicar en mi cuenta de Twitter mi opinión al respecto y por otra parte, pude leer a gente escribiendo auténticas burradas. Esto no pasaría si la sociedad estuviese un poco más concienciada de lo importante que es mantener tu mente «en forma».

Despreciar la salud mental, un error garrafal

Con el tiempo me fui dando cuenta del error que estaba cometiendo. Observar a una persona cercana pasar por un bache anímico considerable dentro del plano familiar, me hizo recapacitar sobre el asunto de forma importante.

Puede decirse que al vivir de cerca la experiencia de los síntomas de una crisis, pude comprender que un buen estado de salud mental es un punto muy importante en el desarrollo normal de cualquier persona, e incluso vital, para cualquier ser humano que se precie.

Psiquiatría y psicología, el pilar de la salud mental

No voy a adentrarme en conceptos técnicos, pues soy un completo ignorante en la materia. Hablaré siempre desde un plano muy personal e implantando una opinión que está basada en lo que he podido aprender tras ciertas lecturas y observando el comportamiento de personas que estaban pasando por un trance emocional difícil.

Hay que decirlo para no caer en el error, pero es cierto que durante mucho tiempo la palabra «psiquiatría» causaba algo de pavor en la sociedad, por lo menos en la que yo he vivido. Y eso siempre fue un obstáculo de grandes dimensiones para todo el mundo, más aún para quienes sufrían alguna dolencia.

De un tiempo esta parte y sobretodo gracias a las tecnologías de la información, que nos permiten adentrarnos en mundos hasta ahora desconocidos para muchos, La psiquiatría y la psicología eran asociados de una forma simple a la locura, demostrando así un comportamiento plano y carente de conocimientos.

La mente lo mueve todo

En cierto modo, cuando alcancé a entender que el corazón es el motor físico del cuerpo, pero la mente es la gasolina que abastece al mismo, fue de algún modo el método válido para comprender que la psicología y la psiquiatría tienen una importancia suprema dentro de la salud. Incluso me atrevería decir, y esto es mi opinión, que de la misma manera que nos gusta hacernos un pequeño chequeo para revisar nuestra salud física, deberíamos tratar de hacer lo mismo con nuestra salud mental.

Un estado emocional correcto y sano es el que nos permite realizar las acciones físicas que nos proporcionarán sensaciones placenteras: salir a correr, a pasear, visitar un museo, leer un libro, tener sexo, beber un refresco, comer un pastel… Resumiendo, todo aquello que hace que nuestros días sean más llevaderos.

Ayuda siempre a quien lo necesite

Cuando observemos que una persona actúa de forma incoherente o que ciertas situaciones le sobrepasan de alguna manera, le debemos ofrecer siempre nuestra ayuda, bien sea a través de profesionales o de cualquier otra forma.

Nunca llegaremos a ser conscientes del calvario que puede haber detrás de las acciones de ciertas personas. La vida en ocasiones es muy dura y algunas vicisitudes pueden acabar con la energía de cualquier ser humano en un momento dado. Nadie es inmune a las depresiones y las crisis de ansiedad, entre otras muchas cosas, y aunque ahora no estemos pasando por ello, en algún momento podemos ser víctimas del duro sufrimiento que conllevan ciertas enfermedades mentales.

Sed felices 😉

Sentirse obligado y desobligar las obligaciones

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Sentirse obligado a hacer algo. Todos hemos tenido alguna vez la sensación de haber adquirido un compromiso absurdo. Dicho de otra manera, en alguna ocasión hemos estado en un lugar y un momento inadecuado y nuestra cabeza ha pensado: ¿Qué hago aquí?

Obligaciones asumidas y obligaciones naturales

Para entender esto quiero separar dos conceptos absolutamente diferentes. Es necesario que nunca se mezclen y que cada uno vaya por su carril para no dar lugar a malos entendidos.

Por un lado están las obligaciones naturales, o mejor dicho, las que uno acepta para sí mismo sin verse forzado por ninguna razón o situación. Son aquellas que introducimos en nuestra rutina porque queremos. El cuidado de nuestros hijos, el de nuestros padres, nuestro trabajo, las labores en casa. En definitiva, las que entendemos como nuestra responsabilidad.

Por otra parte están las obligaciones asumidas. En realidad hay dos tipos. Asumidas por nosotros (obligaciones naturales) y asumidas por los demás para nosotros. Y a estas últimas les vamos a prestar más atención.

Sentirse obligado y sacrificarse por la felicidad de los demás

Este es uno de los errores más comunes que cometemos las personas a lo largo de nuestra vida. Suele darse porque no estamos haciendo el sacrificio por quién queremos, sino por un tercero o por un hecho en concreto. Algo que no reportará ningún beneficio, ni a quien hace el esfuerzo, ni a quien se quiere hacer feliz.

Siendo personas bastante consecuentes con aquello que predicamos, debemos asumir siempre los errores, aceptándolos y corrigiéndolos cuando toca, y equivocándonos de nuevo si es necesario, no son más que las cosas propias del ser humano. Eso nos lleva, o mejor dicho, nos llevará, a adquirir las obligaciones de otros sin querer.

Sentirse obligado y además, ser discreto

A mi me gusta mirar un poquito más allá de lo primario, de lo que está a la vista de todos. Lo hago porque creo que las personas siempre escondemos algo, sea bueno o malo, ese no es más que nuestro derecho legítimo a la intimidad. Nadie mostrará todas sus cartas salvo en un momento de desesperación en el que nada tenga que perder.

En cualquier caso, si me doy cuenta de que hay algo más, me suelo callar y respetarlo. Cada persona es un mundo y todos sabemos muy bien los motivos que tenemos para esconder ciertas razones o sentimientos. Cada uno es dueño de sus palabras y de sus pensamientos. Y esclavo de lo mismo.



Si te están tomando por tonto, abandona

Mucho ojo a esto. Ahí es cuando debemos actuar. Si al mirar el trasfondo de alguna situación nos damos cuenta de que quieren que asumamos una obligación que no nos corresponde, es el momento de trazar nuestro plan defensivo. Por lo menos preparado. Para esto mi madre me dijo una buena frase «Las uñas sacadas y las manos en los bolsillos». Más o menos, si no confías del todo, vete preparado.

Mi consejo es que si alguien te toma por tonto, te lo hagas. Sigue el juego, camina por el sendero más vistoso haciendo mucho ruido y compórtate, respira y habla como el tonto que eres, o el que tienes que parecer.

Solución

Asume tu papel el tiempo necesario. Hay casos que se han llegado a alargar durante años. Cada situación es diferente, pero está demostrado que siempre hay un momento cumbre en todas las relaciones. En las que te toman por idiota, también.

Es el momento de cerrar la carpeta. Justo el día que dejas de hacerte el tonto y de asumir obligaciones que no te pertenecen, o que alguien ha querido que te pertenezcan. Todo cambiará a tu antojo. Tú, dejas de hacer tu papel, y te liberas de una situación incómoda. A veces también escapas de una persona tóxica, eso es un premio mucho mayor.

Solo tienes que sentarte y disfrutar. El resultado del trabajo bien hecho te libera emocionalmente y la sensación es una gozada. Lo que suele ocurrir es bien sencillo. En el lugar donde antes había una persona tóxica, ahora habrá un ofendidito. Da igual, ese es otro tema, tú dedícate a observar con atención los maravillosos resultados de tu obra.

Sed felices



Lo que dejamos por el camino

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Vuelvo la vista atrás. ¿Dónde estábamos hace un año? ¿Cuándo empezó todo? Coronavirus de por medio, hemos cambiado, claro que hemos cambiado. De hecho no somos los mismos. Algunos dicen que para mejor, les creo. Otros dicen que a mucho peor, también les creo. ¿Por qué no iba a hacerlo? Sus razones tendrán, o no. Quién sabe.

Los que se quedaron por el camino

Esos son los que me importan. Los que no llegaron. Miro de nuevo atrás y me da igual donde estuviera. Lo cierto es que ya no recuerdo ni la última vez que escribí en este blog. Reviso y trato de hacer memoria. Mi sorpresa es que el último post escrito iba dirigido a ellos.

Veo que no he dejado señal por estos lares desde hace un año. La verdad es que no me importa. Después de lo que hemos pasado me parecía una broma de mal gusto sentarme aquí a contar algo. No había nada de interés, nada, cero, nulo.

Y aquí estoy, volviendo a arrancar una vez más. Es lo bueno de este sitio. Aquí mando yo. Aquí todo empieza y acaba donde a mi se me antoja, y eso no lo puede cambiar nadie. Y después de casi un año, en el que tenía claro que no iba a mejorar lo último que había escrito, he decidido sentarme a explicar los motivos. No he venido porque no me ha dado la gana, porque no he reunido la fuerza suficiente y porque estoy embarcado en uno de los proyectos de mi vida. Pero sobre todo, porque yo me dejé a alguien muy importante por el camino.

Mamá

La dejé a ella, al saco que recogía mis penas y las convertía en palabras de ánimo. A mamá. Y como ella fue la primera y la última en leerme, no he querido que ese post de los viejos que tanto la había gustado, quedara en el baúl del olvido. He preferido dejarlo todo como estaba y decirle a los que entraban, que aquellas letras que estaban viendo, las plasmé pensando en ella.

Me dijo cuánto le gustaron mis palabras. Me dijo que lloró leyéndolas. Y se fue. Para siempre. Se me congeló el teclado junto con las ganas de crear y de creer. Y me han faltado ánimo y aliento. No he querido mejorar lo que ya había. De hecho me he convencido de que era imposible y que la meta estaba en otra carrera, y para variar, la he empezado.

La conclusión es muy sencilla. Se fue mi mejor lectora, mi gran lectora. La única que esperaba con ansia a que yo expusiera algo. ¿Has escrito? decían los mensajes en el teléfono. Y hasta el aparato se quedó mudo, como todo después de aquello.

Pero la ilusión es la ilusión. No se si me leerá desde algún lugar, pero lo cierto es que la despedida de mi madre me ha llenado de una valentía que desconocía. Ahora no hay paradas a medio camino, si empiezas, acabas. Ahora a las cosas las llamamos por su nombre, sin abreviaturas. Y por qué no decirlo, la mala leche también sale, no puede quedar dentro que envenena. Y si uno es gilipollas hay que hacérselo saber, no vaya a ser que nadie se lo diga y no se percate. Es un favor para todos, para el gilipollas, para mi y para el público asistente, que se dará por enterado.

Ya concluyo, no quiero ser pesado. Estoy de vuelta, con mamá en el pensamiento, con la ironía intacta y con el colmillito algo más retorcido. Pero sin maldad. Este seguirá siendo un espacio para el bienestar, la cultura y las risas. Si hiciese lo contrario, iría en contra de los principios que me llevaron un día a sentarme aquí. No voy a contaminar estos dominios, no pienso pasar por eso.

Y no, no me lo perdonaría.

Sed felices 😉

Viejos la culpa es vuestra.

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Queridos viejos:

No pediré perdón por llamaros así, porque viejos, la culpa es vuestra. Creo que hacerlo de otra manera sería quitaros un mérito que la vida os ha entregado con reconocimiento. Además, no estoy dispuesto a usar otra expresión que devalue una característica tan cariñosa, y que ahora, coronavirus de por medio, algunos tachan de despectiva. Ignorantes todos.

Perdón

Me gustaría pediros perdón, pero no voy a hacerlo, lo que tengo que hacer es culparos abiertamente. Hablaré desde mi trinchera, mejor dicho, desde mi casa que para mí es lo mismo. Además de mi deber.

En estos días muchos estamos reclamando nuestra cuota de «grandeza» en las redes sociales, aunque luego bajemos a pasear al perro 5 veces. También queremos protagonismo siendo esos «grandes olvidados». Y no hablaré de los aplausos vacíos que dedicamos a los sanitarios mientras cobramos nuestro trabajo en negro. Pero la culpa es vuestra, viejos.

Es una mierda, lo se. Nos habéis dado lo mejor a cambio de nada, y ahora todos creemos que el agua viene de otro planeta y que la vida sin Netflix, no es vida. Gracias a vuestro excelente trato se ha creado un ejército de yuppies que elude responsabilidades con suma facilidad. Una generación de irresponsables que es incapaz de entender que la solución está en quedarse en casa. Lo dicho, culpa vuestra.

Y no me pondré ni colorado al decirlo. Nos habéis hecho pensar durante años que la nevera debía estar siempre llena de las cosas que más nos gustan, hemos convertido las necesidades en obligaciones. Y claro, es muy difícil tener que haceros la compra ahora que no podéis salir de casa. ¿Dejar de ver nuestra serie para ir al supermercado? Ni locos ¿Pero qué os habéis creído, viejos?

Que si viejos, la culpa es vuestra

La culpa es vuestra por trabajar durante años como animales para darnos todo aquello que necesitábamos, y también lo que no necesitábamos. ¿A quién se le ocurre? Y encima esperaréis que nos quedemos en casa para protegeros. Estais flipando, viejos.

Os culpo por haber cotizado dignamente en trabajos honrados y también miserables, pero siempre de forma legal. Ahora tenéis lo que os merecéis, viejos. Una descendencia plagada de niñatos malcriados y de nietos insolentes, cuya infame vida gira en torno a la pantalla de su teléfono móvil. Pero repito, la culpa es vuestra, solo vuestra.

Los hay que incluso piensan que sobráis. Y eso también es culpa vuestra. Habéis criado en silencio a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos. Siempre sin poner una mala cara, es más, hasta con una sonrisa. Transformásteis un favor en una obligación, y a muchos, se les indigesta tener que esforzarse ahora por vosotros. Esforzarse sí, quedarse en casa.

Miedo

Pero mirad que sois ingénuos, viejos. Ahora que os encontráis en una posición de debilidad (digo ahora porque siempre habéis sido los más fuertes con diferencia), lo único en lo que pensáis es en volver a ver a vuestros nietos, en tener a la familia reunida en torno a una mesa repleta de comida, en preocuparos por cómo estamos los demás, en que a los egoistas no nos falte de nada. Y allí, con los ojos llenos de miedo, a través de una videollamada que habéis aprendido a hacer a base de trompicones, estáis con la serenidad que os ha caracterizado siempre, tratando de ser el primer ejemplo. Porque llorar y lamentarse no es lo vuestro. Lo vuestro es sacar a relucir los cojones y los ovarios que a nuestras generaciones de malnacidos nos faltan, sin levantar la voz lo más mínimo. Todo para seguir tirando del carro como lo habéis hecho toda la vida.

Me despido para recordaros que por todo esto, la culpa es vuestra y solo vuestra, viejos.

Sed felices, viejos 😉

Fray Perico y su borrico, el comienzo de todo

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Siempre he pensado que descubrí mi amor por los libros bastante tarde, como tantas otras cosas. Pero para descubrir un libro mágico siempre se tiene tiempo. Y es que eso de llegar con retraso a los sitios no va mucho conmigo, pero lo de darme cuenta de ciertas cosas bastante tarde es otro tema del que ya hablaremos en otro momento. Ahora lo haremos sobre mi amor eterno con «Fray Perico y su borrico».

Descubriendo un libro mágico

Las cosas no acompañaron. Nunca tuve a mi lado a ese profesor ideal que me enseñara a amar la literatura de una forma pasional y profesional, o tal vez más técnica, por decirlo de alguna manera. En este sentido, he sido yo mismo el que ha ido descubriendo poco a poco cada uno de los pasos que debía dar.

Fue mi padre, probablemente el tío más cultivado que he conocido y que probablemente conoceré en toda mi vida, quien me metió los libros por los ojos. No hubo sometimiento, nada de eso, dejaron que el río siguiera su cauce y pusieron colocaron los libros a lo largo del camino.

De alguna manera, y de esto me di cuenta siendo ya mayorcito, en mi casa siempre hubo libros en cualquier parte, pero sobre todo a la altura de mis ojos. De esto último me fui dando cuenta con el paso del tiempo. Esos fueron los métodos para que amara la lectura, además de mucha paciencia.



Fray Perico y su borrico aparecieron en mi cuarto

Es curioso, pero cuando empiezas a disfrutar con la lectura, y digo a disfrutar de verdad, a querer leer por ti mismo, también comienzan a surgir ciertos recuerdos almacenados sobre los primeros libros que cayeron en tus manos. Hago hincapié en lo de disfrutar, porque en lo que se refiere a mis años escolares, prácticamente me enseñaron a aborrecerlos. Así tal como suena.

Rememorando ciertos aspectos y, siento ser pesado, a pesar de que el colegio no me ayudó (ni en esto, ni en muchas otras cosas), recuerdo con claridad cual fue el primer libro que acabé íntegramente y que me sorprendió para bien. Como lo oyen amigos «Fray Perico y su borrico».

La situación discurrió de forma rocambolesca. En el colegio nos mandaron leer el libro en casa y hacer después una especie de resumen, un ejercicio muy común que en la escuela repetían hasta la saciedad sin lograr ningún éxito en el alumnado. A lo mejor en el quinto libro podrían haberse dado cuenta, pero en los años 80, había cierta creencia en que la base del aprendizaje era la repetición por castigo.

Yo me leí la contraportada y puse lo que se me ocurría, algo que no me resultaba difícil pues tenía una capacidad imaginativa muy amplia. Lo que no tengo ahora es memoria para saber si la jugada me salió bien o no. Lo cierto es que no me leí el libro hasta el verano siguiente.

Esto eran veinte frailes

Esto eran veinte frailes, así empezó todo. En mi antigua habitación, mis padres habían puesto una estantería con decenas de libros. No se bien si estaba allí por falta de espacio en el resto de la casa o por que habían decidido colocarla estratégicamente, más bien un poco de todo. El caso es que funcionó. Una tarde de verano agarré aquel libro del «Barco de vapor» con los lomos anaranjados tan solo por curiosidad, y ahí empezó la magia.

Cuando lo terminé, en no más de 8 ó 10 días, recuerdo la pena que sentí por llegar al final. Desde ese momento, empecé a empalmar lecturas durante los meses de verano. Os diría que ya tenía entre 9 y 11 años, pero sinceramente no me alcanza la memoria.

Solo recuerdo lo entretenida que me parecía la vida en aquel convento, con aquellos frailes tan originales. Aún recuerdo hasta sus nombres, Fray Cucufate el del chocolate, Fray Olegario el bibliotecario, Fray Mamerto el del huerto…¡Auténtica diversión!

Hace pocas semanas, caminando por un centro comercial me acerqué como siempre al área de venta de libros. No podía creer lo que veían mis ojos. Ahí estaba después de varias décadas, una edición renovada de aquella maravillosa historia de Juan Muñoz Martín. La misma que tan buenos ratos me hizo pasar, y que probablemente, fue un pequeño empujón para mi posterior afición a la lectura. Ahora tengo la oportunidad de disfrutarlo con mis hijos y no veo en el horizonte el momento  de sentarme con ellos a disfrutar.

La importancia libros como Fray Perico y su borrico

Soy muy pesado con este tema, pero no me importa lo más mínimo. El valor del gusto por la lectura es imprescindible para cualquier niño. Mejor dicho, IMPRESCINDIBLE (con mayúsculas). Allí descubrirán lugares, personajes, paisajes, ambientes, sentimientos y emociones que en ningún parque temático o consola de videojuegos se pueden recrear.

Esto solo ocurre porque serán ellos mismos quienes los inventen a su gusto, sin necesidad de recurrir a normas ni conceptos. La primera sensación de libertad absoluta que experimentarán en su vida.

Sed felices 😉



Apuestas deportivas ¿Control o prohibición?

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Control de las apuestas deportivas

Las apuestas deportivas están en pleno auge dentro de nuestros país. Parece que como nos ocurre a menudo con tantas y tantas cosas, o las quieres o las odias, pero parece no haber un término medio.

Decía mi padre, que las cosas que se disfrutan en la vida se han de tomar en pequeñas cantidades. Como ejemplo me ponía el jamón, que siempre nos ha gustado a los 2. Mientras cortaba unos taquitos en una pequeña tabla de madera me comentaba que para degustarlo era suficiente con un aperitivo antes de comer. Yo le respondía que podría comer un jamón entero si me lo propusiera, porque para mí era una delicia. Su sentencia era firme «Si te comes un jamón entero, dejará de ser una delicia, ya que lo más probable es que te empaches».

Autocontrol

Y esto mismo es lo que opino de las apuestas deportivas. Si tienes el autocontrol necesario para hacer un par de apuestas, o un volumen de cierta cantidad que tu economía te permita, no hay problema. Pero ¡ojo! si por algo han proliferado las casas de apuestas es por la rentabilidad del negocio. Nadie abre las puertas de su local de apuestas deportivas  en plena calle y en la red para que tú te hagas rico. «Ya, pero yo soy especial» No amigo, eso era para tu abuela. Eres otro anzuelo más, y has de pensar en las apuestas como un ocio, o un entretenimiento, NO PUEDES IR MÁS ALLÁ. Jugarte el pan de la familia en una apuesta es una irresponsabilidad grave. Si no lo controlas, a parte de las necesidades que puedas tener, se te acumularan algunas nuevas. Hay que aplicar una dosis extra de fuerza de voluntad.

Control de las autoridades

Supongo que por inexperiencia, hablar de esto suena muy fácil. Hay gente que denomina la ludopatía como una enfermedad, supongo que habrá estudios que lo certifiquen, lo desconozco totalmente. Pero lo más necesario e importante es el control, tanto personal como gubernamental. Es indiscutible que este tipo de ocio está llevando problemas económicos a determinados hogares. Terceras personas caen afectadas por la falta de autocontrol de otras, y solo las leyes pueden determinar ciertas limitaciones.

Prohibición de las apuestas deportivas

No soy partidario de ello. Y tengo mis razones. Vivimos en una sociedad que proclama su «libertad» a los cuatro vientos, pero tenemos más prohibiciones que nunca (de esto hablaremos otro día). Prohibir una actividad que en ciertos sectores de la sociedad genera diversión no lo veo bien, en general. Hay gente que quiere gastarse el dinero que le sobra o que tiene apartado para su ocio personal en dar clases de flauta, hacer ganchillo, invertir en una ONG que protege al agaporni, en entradas de espectáculos, y claro, en apostar también. Si hay gente que lo pasa bien de esta manera y no perjudica a terceros, no entiendo que se prohíba.

Vuelvo a insistir en que debe haber un control impuesto, esa sería la solución más coherente. Las medidas que se me ocurren sin profundizar demasiado, y sin ser un experto en el tema ni un ejemplo a seguir, son exigir unos límites publicitarios a los medios, exigir a las casas de apuestas un límite de gasto, limitación de centros físicos y online. En resumen, tratar de erradicar las causas negativas que esta actividad pudiera tener.

Y hasta aquí mi opinión sobre este tema. Estoy seguro de que no os importa, pero la verdad es que no lo tengo en cuenta.

Sed felices 😉