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Sentirse obligado y desobligar las obligaciones

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Sentirse obligado a hacer algo. Todos hemos tenido alguna vez la sensación de haber adquirido un compromiso absurdo. Dicho de otra manera, en alguna ocasión hemos estado en un lugar y un momento inadecuado y nuestra cabeza ha pensado: ¿Qué hago aquí?

Obligaciones asumidas y obligaciones naturales

Para entender esto quiero separar dos conceptos absolutamente diferentes. Es necesario que nunca se mezclen y que cada uno vaya por su carril para no dar lugar a malos entendidos.

Por un lado están las obligaciones naturales, o mejor dicho, las que uno acepta para sí mismo sin verse forzado por ninguna razón o situación. Son aquellas que introducimos en nuestra rutina porque queremos. El cuidado de nuestros hijos, el de nuestros padres, nuestro trabajo, las labores en casa. En definitiva, las que entendemos como nuestra responsabilidad.

Por otra parte están las obligaciones asumidas. En realidad hay dos tipos. Asumidas por nosotros (obligaciones naturales) y asumidas por los demás para nosotros. Y a estas últimas les vamos a prestar más atención.

Sentirse obligado y sacrificarse por la felicidad de los demás

Este es uno de los errores más comunes que cometemos las personas a lo largo de nuestra vida. Suele darse porque no estamos haciendo el sacrificio por quién queremos, sino por un tercero o por un hecho en concreto. Algo que no reportará ningún beneficio, ni a quien hace el esfuerzo, ni a quien se quiere hacer feliz.

Siendo personas bastante consecuentes con aquello que predicamos, debemos asumir siempre los errores, aceptándolos y corrigiéndolos cuando toca, y equivocándonos de nuevo si es necesario, no son más que las cosas propias del ser humano. Eso nos lleva, o mejor dicho, nos llevará, a adquirir las obligaciones de otros sin querer.

Sentirse obligado y además, ser discreto

A mi me gusta mirar un poquito más allá de lo primario, de lo que está a la vista de todos. Lo hago porque creo que las personas siempre escondemos algo, sea bueno o malo, ese no es más que nuestro derecho legítimo a la intimidad. Nadie mostrará todas sus cartas salvo en un momento de desesperación en el que nada tenga que perder.

En cualquier caso, si me doy cuenta de que hay algo más, me suelo callar y respetarlo. Cada persona es un mundo y todos sabemos muy bien los motivos que tenemos para esconder ciertas razones o sentimientos. Cada uno es dueño de sus palabras y de sus pensamientos. Y esclavo de lo mismo.



Si te están tomando por tonto, abandona

Mucho ojo a esto. Ahí es cuando debemos actuar. Si al mirar el trasfondo de alguna situación nos damos cuenta de que quieren que asumamos una obligación que no nos corresponde, es el momento de trazar nuestro plan defensivo. Por lo menos preparado. Para esto mi madre me dijo una buena frase «Las uñas sacadas y las manos en los bolsillos». Más o menos, si no confías del todo, vete preparado.

Mi consejo es que si alguien te toma por tonto, te lo hagas. Sigue el juego, camina por el sendero más vistoso haciendo mucho ruido y compórtate, respira y habla como el tonto que eres, o el que tienes que parecer.

Solución

Asume tu papel el tiempo necesario. Hay casos que se han llegado a alargar durante años. Cada situación es diferente, pero está demostrado que siempre hay un momento cumbre en todas las relaciones. En las que te toman por idiota, también.

Es el momento de cerrar la carpeta. Justo el día que dejas de hacerte el tonto y de asumir obligaciones que no te pertenecen, o que alguien ha querido que te pertenezcan. Todo cambiará a tu antojo. Tú, dejas de hacer tu papel, y te liberas de una situación incómoda. A veces también escapas de una persona tóxica, eso es un premio mucho mayor.

Solo tienes que sentarte y disfrutar. El resultado del trabajo bien hecho te libera emocionalmente y la sensación es una gozada. Lo que suele ocurrir es bien sencillo. En el lugar donde antes había una persona tóxica, ahora habrá un ofendidito. Da igual, ese es otro tema, tú dedícate a observar con atención los maravillosos resultados de tu obra.

Sed felices



Soy camarera

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Es la una de la madrugada, mi jornada acabó hace dos horas y aquí sigo con estos horribles zapatos que me están machacando los pies. Repaso con la mirada todo el restaurante y observo cada mesa una por una. No falta nada, todo está recogido y preparado escrupulosamente para mañana.

Pero mi vista se detiene en la única mesa que todavía sigue ocupada. Allí están, entre carcajadas y ruidos provocados por los golpes con la palma de la mano, las dos parejas y aquel borracho que siempre les acompaña. No reparan en que, además de haber llegado quince minutos antes de cerrar la cocina, me tengo que ir a descansar después de una estresante jornada de doce horas. Doce putas horas.

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Pero continuan, a ellos parece importarles una mierda el tiempo que llevo entre carreras, comandas, pedidos, platos, bebidas, carreras, más comandas, más platos, más bebidas, etc… Ellos son felices, es una noche de cena entre amigos, otra más. No hay problema, el dueño del bar les tiene en estima.

—Trátalos bien niña, son buenos clientes. —me dice entre risas.

«Y yo soy una camarera cojonuda, pero después de tantos años todavía no te has dado cuenta», pensé para mis adentros.

Y el jefe, con esa sonrisa forzada que provoca la clientela que va a aumentar la cuenta corriente, riega las copas de balón con licores variados. Los agasajados clientes se codean entre ellos sintiéndose especiales y henchidos de orgullo por la majestuosa atención. Me dan ganas de decirles en voz alta lo idiotas que son, que no se sientan especiales, que tan solo forman la parte más importante del negocio, la de pagar. Pero a mi qué más me da, yo solo quiero que acaben y se vayan a la mierda. Quiero sentir la comodidad de un asiento y que la sangre vuelva a circular por mis piernas.

Lo vuelvo a revisar todo una vez más, he montado las mesas para el día siguiente, he barrido, he fregado, he colocado las copas, los platos, los vasos de tubo, los de caña, todo lo que se puede colocar, absolutamente todo. Pero allí sigo casi dos horas después del fin de mi jornada. Esperando a que aquel imbécil, que ya me ha guiñado el ojo dos veces, se acabe el último trago. Otra vez me vuelven las ganas y quiero decirles que se vayan, pero no…

—¡Niñaaaa! Échame un poco de hielo que se me está aguando. — Grita desaforado el borracho sin mirarme ni siquiera a la cara.

«Lo que me encantaría es echarte un cubo de ácido por encima, pero la ley me lo impide».  —vuelvo a pensar para mi.

Le recojo el vaso sin mirar y con cara de pocos amigos.

—¡Uy! ¡Esta está muy seria! —dice el borracho mientras sonríe a sus amigotes.

No puedo más, si me sigo aguantando voy a explotar.

—Lo que estoy es cansada de currar todo el día y aguantar las bromas de la gente.

Se hace el silencio en el salón. Casi lo agradezco. Mi jefe me dirige una mirada fulminante mientras cojo las pinzas y pongo dos piedras de hielo dentro del vaso. 

—¡Marta! —Me llama el jefe, con la misma cara de pocos amigos.

Con el vaso en la mano, me dirijo hacia la barra en la que está apoyado con los brazos abiertos. Me hace un gesto para que pase dentro. Parece que tiene algo que decirme.

—¡Marta joder! Son unos buenos clientes, no les respondas así. —me dice susurrando.

Asiento con la cabeza a regañadientes. Aunque a su vez mi cerebro está desarrollando un monólogo que dice todo lo contrario.

«No, estos no son buenos clientes, los buenos de verdad no se quedan a cenar y a tomar copas cuando les dices que faltan quince minutos para cerrar la cocina. Los buenos clientes son como esa parejita que vino a cenar a las nueve de la noche y que a pesar de que nos habíamos equivocado con una de sus bebidas, se dirigieron a nosotros con mucha educación, para comentarnos el error y ver si podíamos solucionarlo. Además, dejaron la mejor propina del día y se despidieron haciéndonos saber lo que más les había gustado. ¡Esos eran buenos clientes! No las dos niñatas venidas a más con los pijitos de sus novios y el atontado que les acompaña».

—Aquí tiene, su hielo.

—Gracias, guapetona.

«Me cago en la putísima de tu madre». —vuelvo a pensar interiormente mientras finjo, con infinita paciencia, no haber escuchado nada.

Diez minutos después deciden levantarse. El jefe me hace una señal y les abro la puerta mientras van saliendo. El borracho viene el último, ahora entiendo que hace con las dos parejas. Es él quién lo ha pagado todo. Estoy segura de que me va a decir algo antes de salir, los conozco a la legua, son todos iguales.

—¿Qué vas a hacer ahora chata?

—Dormir.

Se hace el silencio unos segundos.

—¡Joder, qué sosa eres!

No le respondo. Cierro la puerta y todavía tengo que escuchar a mi jefe como me da una lección de moral y otra de simpatía. La verdad es que me entra por un oído y me sale por el otro. Sólo quiero descansar y perderles de vista. Bastante tengo ya, no te jode.

Me marcho de allí y la calle está en completo silencio. Es una gozada, probablemente sea la mejor sensación de todo el día. Todavía tengo que andar durante dos kilómetros hasta llegar a mi casa. A esas horas no hay transporte público que funcione y mis piernas deben afrontar un último esfuerzo. Mientras camino voy pensando en mi futuro, en las probabilidades que tengo de cambiarlo todo y abandonar de una vez por todas la exclavitud que supone mi trabajo. Lo voy a conseguir, tengo que modificar muchas cosas pero yo soy la dueña de mi destino, nadie más.

Cinco años después

—Buenas tardes, me llamo Marta Fernandez Aloisio, soy la jefa del departamento de recursos humanos y les voy a entrevistar uno por uno. Vayan pasando tal y como la persona que les precede salga del despacho.

A pesar de ser la única mujer en aquella sala, siento que tengo la sartén por el mango. Los cuatro me miran asustados, pero uno de ellos lo hace con la cabeza un poco gacha.

—¿Alberto Canales?

—Esto…si

Responde el de la cabeza gacha. Parece avergonzado y eso despierta mi interés. Su cara me resulta conocida.

—Usted será el primero.

Entro en mi despacho, dejo el bolso y el abrigo colgado del perchero y tomo asiento en mi cómodo sillón.

—Hola buenas, con su permiso—masculla aquel tipo cuyo rostro me resulta familiar y por un momento me devuelve a mis años de bandeja y comandas.

De repente, me viene a la cabeza aquel borracho del restaurante, el que lo pagaba todo. No puedo reprimirme, me he esforzado durante muchos años para tener la oportunidad de vivir situaciones como esta. Mi expresión hace el resto.

—Pasa, joder, no seas soso.

Sed felices 🙂

Viejos la culpa es vuestra.

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Queridos viejos:

No pediré perdón por llamaros así, porque viejos, la culpa es vuestra. Creo que hacerlo de otra manera sería quitaros un mérito que la vida os ha entregado con reconocimiento. Además, no estoy dispuesto a usar otra expresión que devalue una característica tan cariñosa, y que ahora, coronavirus de por medio, algunos tachan de despectiva. Ignorantes todos.

Perdón

Me gustaría pediros perdón, pero no voy a hacerlo, lo que tengo que hacer es culparos abiertamente. Hablaré desde mi trinchera, mejor dicho, desde mi casa que para mí es lo mismo. Además de mi deber.

En estos días muchos estamos reclamando nuestra cuota de «grandeza» en las redes sociales, aunque luego bajemos a pasear al perro 5 veces. También queremos protagonismo siendo esos «grandes olvidados». Y no hablaré de los aplausos vacíos que dedicamos a los sanitarios mientras cobramos nuestro trabajo en negro. Pero la culpa es vuestra, viejos.

Es una mierda, lo se. Nos habéis dado lo mejor a cambio de nada, y ahora todos creemos que el agua viene de otro planeta y que la vida sin Netflix, no es vida. Gracias a vuestro excelente trato se ha creado un ejército de yuppies que elude responsabilidades con suma facilidad. Una generación de irresponsables que es incapaz de entender que la solución está en quedarse en casa. Lo dicho, culpa vuestra.

Y no me pondré ni colorado al decirlo. Nos habéis hecho pensar durante años que la nevera debía estar siempre llena de las cosas que más nos gustan, hemos convertido las necesidades en obligaciones. Y claro, es muy difícil tener que haceros la compra ahora que no podéis salir de casa. ¿Dejar de ver nuestra serie para ir al supermercado? Ni locos ¿Pero qué os habéis creído, viejos?

Que si viejos, la culpa es vuestra

La culpa es vuestra por trabajar durante años como animales para darnos todo aquello que necesitábamos, y también lo que no necesitábamos. ¿A quién se le ocurre? Y encima esperaréis que nos quedemos en casa para protegeros. Estais flipando, viejos.

Os culpo por haber cotizado dignamente en trabajos honrados y también miserables, pero siempre de forma legal. Ahora tenéis lo que os merecéis, viejos. Una descendencia plagada de niñatos malcriados y de nietos insolentes, cuya infame vida gira en torno a la pantalla de su teléfono móvil. Pero repito, la culpa es vuestra, solo vuestra.

Los hay que incluso piensan que sobráis. Y eso también es culpa vuestra. Habéis criado en silencio a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos. Siempre sin poner una mala cara, es más, hasta con una sonrisa. Transformásteis un favor en una obligación, y a muchos, se les indigesta tener que esforzarse ahora por vosotros. Esforzarse sí, quedarse en casa.

Miedo

Pero mirad que sois ingénuos, viejos. Ahora que os encontráis en una posición de debilidad (digo ahora porque siempre habéis sido los más fuertes con diferencia), lo único en lo que pensáis es en volver a ver a vuestros nietos, en tener a la familia reunida en torno a una mesa repleta de comida, en preocuparos por cómo estamos los demás, en que a los egoistas no nos falte de nada. Y allí, con los ojos llenos de miedo, a través de una videollamada que habéis aprendido a hacer a base de trompicones, estáis con la serenidad que os ha caracterizado siempre, tratando de ser el primer ejemplo. Porque llorar y lamentarse no es lo vuestro. Lo vuestro es sacar a relucir los cojones y los ovarios que a nuestras generaciones de malnacidos nos faltan, sin levantar la voz lo más mínimo. Todo para seguir tirando del carro como lo habéis hecho toda la vida.

Me despido para recordaros que por todo esto, la culpa es vuestra y solo vuestra, viejos.

Sed felices, viejos 😉

¡Apártalos de tu vida!

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Instintos

Parece sencillo, pero algunos hemos tardado años en darle rienda suelta a los instintos. Y no hablo de pasiones ni de sentimientos, hablo de instintos puros. Los que salen realmente de dentro. Motivos hay muchos, excusas he tenido siempre, aunque esto lo relataré más adelante. Me centraré en los que te empujan para sacar fuera de tu vida todo aquello que no necesitas.

No voy a explicaros nada que no sepáis, ni a descubriros el fuego. Quien me conoce sabe que no soy un amante ni de los «coach» ni de las frases de Paulo Coelho. Podría decir que desde hace un tiempo, solo soy un amante de mis propios instintos. Sobre todo desde que empecé a descubrirlos. Pero a descubrirlos de verdad. Os explico.

Fuera de tu vida

Me he educado en una familia humilde donde los buenos modales, la prudencia y el saber estar en cada lugar, eran imprescindibles. Esto ha hecho de mí una persona bastante extrovertida y empática. Puedo decir que con esta forma de ser, que luego fui moldeando independientemente, me he abierto muchas puertas y también he granjeado amistades muy valiosas. Tal vez no sean puertas gigantes para que la vida me sea fácil, pero si me he sabido rodear de muy buena gente de la que sacar un provecho educativo, amistoso o incluso de relaciones laborales. Pero como todas las cosas que tienen muchos «pros» también suelen venir cargadas de «contras», y ahí es donde se me ha colado más de un@ gilipollas mala persona.

Reflexiones

Leyendo un artículo de una bloguera amiga sobre este tipo de personas, tuve la idea de explicaros estas reflexiones. Hace pocos años, y cuando digo pocos, digo no más de 9 ó 10, empecé a darme cuenta de que había gente a la que toleraba ciertas cosas que no me gustaban (aquí es donde os explico las excusas de arriba). Aptitudes infantiles, exigentes, impertinentes, maleducadas, o fuera de lugar, que por culpa de la prudencia adquirida durante mi educación, permitía sin sentido alguno.

El chip cambia

Pero llega el día que te levantas de la cama y el chip cambia, ese mismo que todos traemos instalado de serie, abandona su estado latente. Sin saber cómo, empieza a funcionar sin que tú te des ni cuenta. En mi caso fueron varios motivos y un intenso momento de presión extrema, que una vez superado, me generó una voz interior que decía «O empiezas a mandar a la mierda a todo lo que debes, o al final te saldrá a ti por las orejas» Y así fue. Me convertí en un auténtico liquidador, y las sensaciones fueron brutales. No lo hice a golpe de… ¡Oye tú, vete a freír espárragos porque me apetece! Para nada. Aproveché mi enorme y dilatada paciencia en este sentido y la enfoqué generando 2 listas mentales que siempre llevo conmigo: La lista de las cosas que me importan una soberana mierda y la lista de «esperaré sentadito hasta que llegue la ocasión».

Fuera de tu vida

Han ido pasando los días, meses y años, y tengo que decir que fue una auténtica bendición. Con la reacción automática de mis instintos he ido apartando de mi vida aquellas cosas que más me molestaban y que me hacían daño. Con el tiempo he sacado de mi rutina habitual a idiotas, mequetrefes, sobrados, espabilados, listos, sabelotodos, enterados, cantamañanas, dimes, diretes, churras, merinas y algún que otro gilipollas. Y cada noche, antes de entregarme en cuerpo y alma a la almohada, apunto las cosas que cuadran en cada lista y tan solo me quedo con aquello que me hace feliz. Y claro, duermo como un tronco. Una delicia, oigan. Es el descanso merecido tras haber exiliado fuera de tu vida todas las cosas que no te dejan continuar con ella

Ser feliz es imprescindible

El otro día un buen amigo me preguntaba el motivo por el que despido todas mis entradas con un «Sed felices» y no supe responderle correctamente. Ahora puedo decir que finalizo así cada post por el simple hecho de que ser feliz es un aporte básico en la vida de cada persona, ser feliz es imprescindible. Es evidente que ciertos problemas graves están ahí y no se pueden apartar de cualquier manera. Además, esos problemas tal vez no nos permiten avanzar como nos gustaría, pero al final son cosas que tendrán una solución, mejor o peor, pero una solución. Lo que si tenemos todos en mayor o menor medida es la capacidad de decidir quien debe ser apartado de nuestra vida cuando su actitud nos impida ser felices. Y eso amigos, es una jodida gozada y libera mucho espacio en el disco duro del cerebro. Es una acción reparadora, a la par que necesaria.

Recordad…

Sed felices 😉

Con lo que sea y no permitáis que nadie os lo impida.

Llegar a la meta

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¿Estás siempre intentando llegar a la meta?¿Qué es en lo primero que piensas cuando te levantas de la cama? ¿Qué cosas haces para que tu vida sea plena? ¿Cómo te comportas con los demás?

Cuestionar todo no es bueno

Estas preguntas están muy de moda entre los «coach» (consejeros o entrenadores morales de turno) que esperan que te cuestiones a diario si lo que haces, o dónde trabajas, o tus amistades, son las correctas o están donde deberían estar. Y nada más lejos de la realidad, la vida es la que es.

La vida no la mueves tú solo, también la empujan los que están a tu alrededor. A veces hacia un lado, y otras, en la dirección contraria. Y eso no depende exclusivamente de ti. A veces tu haces fuerza para lograr una serie de objetivos y el aire viene en contra dispuesto a que no lo consigas. Si no consigues el objetivo que tienes en mente, tal vez no sea todo por culpa tuya, no te machaques.

Llegar a la meta conociendo tus limitaciones

Nos engañan con frases hechas que quedan muy bonitas en el muro de Facebook, pero también hay que predicar con el ejemplo y eso ya es más difícil. Nos están enseñando a decir que si queremos, podemos. Y no, a veces se quiere y no se puede. Las frases con foto del Facebook están haciendo mucho daño.

Por poneros un ejemplo, estoy seguro de que si mi mayor ilusión hubiera sido ser cantante, no lo hubiera conseguido nunca. Tengo una voz que le puede partir un tímpano a cualquier director de casting que se preste. Podríamos pensar que si hubiera tomado clases de canto, a lo mejor algo hubiera conseguido. Tal vez sería el vocalista de la orquesta en las fiestas del pueblo, no mucho más. ¿Sabéis por que? Porque CONOZCO MIS LIMITACIONES. Algo muy importante, e incluso para ciertas profesiones, muy necesario, que en ocasiones ayuda muchísimo, y evita, depresiones, llantos, lesiones y accidentes.

¡Haz que tus sueños se hagan realidad! ¡Sal a la calle y pelea por ellos! ¡Tus sueños están ahí, sal a buscarlos!

AB-SUR-DO. Hay ocasiones en las que sales a buscar tus sueños a la calle, y como es domingo, las tiendas de sueños están cerradas. Así que vuelves a casa, pones el partido y sigues siendo feliz porque tu equipo gana 2-1. Joder, íbamos perdiendo y no he visto los goles por bajar a buscar los sueños un domingo por la tarde.

En lugar de llegar a la meta, lo que he conseguido es no verla. Un simil de lo que ocurre en las ocasiones importantes. Si no te das cuenta, es probable que, esto o algo parecido, te vuelva a pasar en otra ocasión. Si te ocurre, a lo mejor es que eres un gilipollas de manual.

¡Pelea por lo que quieres y podrás llegar a la meta!

O no, amigo. Lo que pasa es que no nos preparan para las respuestas negativas. Tengo un ejemplo muy cercano. Hay una mujer de mi entorno familiar a quién he visto pelear como una leona en la búsqueda de un objetivo. Ha trabajado, ha sudado, se ha dejado el alma tratando de conseguir una meta. Un año de esfuerzos descomunales que no son extraños viniendo de ella. Y no lo ha conseguido. La ventaja es que también es una mujer con la cabecita muy amueblada que ha aceptado el resultado, porque de antemano sabía que podía ocurrir. Ahora, tomará las decisiones que crea convenientes, pero lo más importante es aceptar que en  muchísimas ocasiones, el esfuerzo y la recompensa no comparten el mismo peso en la balanza. Es más, me atrevería a decir que es al revés por conocimiento de causa.

Esforzarse si, pero con cabeza

Mi reflexión final no es un «NO TE ESFUERCES, QUE NO VALE UNA SOBERANA MIERDA». Lo que trato de hacerte comprender es la actitud que se ha de imponer una persona que va a intentar lograr una meta. Hay que luchar mucho y muy fuerte, si, pero  tenga en cuenta que los cuentos, cuentos son, y por eso siempre acaban bien y comen perdices, o golosinas. Pero en la vida real se juega de otra manera, puedes esforzarte mucho y acabar incluso peor de como empezaste. Y para todo eso también hay que estar preparado, incluso más que para la victoria.

Son muchos los que logran grandes objetivos con trabajo y voluntad, los que en definitiva consiguen llegar a la meta, pero no son menos los que con el mismo trabajo o más, se quedan en la orilla. Si aceptas que esto puede suceder desde el minuto 1, tendrás mucho ganado.

Y después de la chapa que os acabo de pegar, suena feo, pero:

Sed felices 🙂

Análisis absurdo de los dibujos animados que ven mis hijos

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Foto vía https://rpp.pe/

Llevo un tiempo deseando hacer esto con los dibujos animados. Creo que los padres deben estar al tanto de lo que voy a contarles. Estoy preocupado por la educación de mis hijos y me parece que este post es necesario (o tal vez no) para ver en que invierten sus retoños el tiempo, más allá de sus propios juegos.

Los dibujos animados

Es muy lógico pensar que en otra época eran mucho mejores, porque eran los que nos gustaban a nosotros, pero algún día os demostraré que tampoco es cierto. Aunque siempre nos merodea este pensamiento cuando vemos la «mierda» que consumen nuestros chicos/as. Es inevitable y ahora os explico los resultados de mi siempre profundísimo análisis. Comencemos

Pocoyó

– POCOYÓ:  Mal empezamos. Este niño, que habla como Tarzán pero con un serio problema en las cuerdas vocales, vive en un mundo donde nunca llueve, ni hace sol, ni salen nubes, ni crece la hierba (mejor), ni nada. Todo está en blanco. Muy triste, no hay caminos, ni montañas, ni nada. Sus mejores amigos son un pato que se llama pato (os habéis jodido los cuernos pensando), una elefanta que se llama Elly, a la cual he visto desde montar en patinete hasta hacer gimnasia (no cuela), y un pájaro que se llama pajaroto (otra genialidad del vocabulario). Todos ellos conducidos por una misteriosa voz en off, que me hizo recordar las largas siestas de los veranos de mi vida, pinchando aquí entenderéis lo que os digo.

LA PATRULLA CANINA

Yo le llamaría la patrulla dañina. Perros que hablan, no empezamos bien, aunque lo respetaré porque soy de la generación de Espinete.

  1. Tienen un líder, un tal Ryder, que es un listín, se las sabe todas y a quién debe llamar en cada momento, pero quietos que empieza lo bueno.
  2. Chase, un pastor alemán que es policía, de pionero no tiene nada porque ya estaba mucho antes Rex, que ademas de policía te traía el periódico o puede que te hiciera un par de huevos fritos si se lo pedías.
  3. Marshall Agarraros los machos. Un dálmata que además de ser bombero, hace las veces de médico. Tiene 2 carreras y no ha cumplido los 7 años. Espectacular. Aunque es más torpe que un cerrojo, se tropieza hasta con una línea de tiza.
  4. Rubble Este es el que más me gusta. Un bulldog inglés que trabaja de albañil y tiene aracnofobia. Yo quiero lo que toman los guionistas.
  5. Rocky Atentos al perro ecologista, recicla todo y lo vuelve a utilizar, como McGuiver pero en limpio.
  6. Zuma Un surfero de poca monta que aparenta ser rescatador. Poca chicha
  7. Skye Era la única chica al principio. Está siempre de fiesta y haciendo mortales y volteretas.

Luego viene alguno más, desde un perro traductor, una rescatadora de montaña, un chihuahua que monta en todoterreno, y un perro robot, que es la rebelión de las máquinas en dibujos animados. Yo no confío en ninguno.

BOB ESPONJA

Foto vía https://www.fotogramas.es/

Lo estábais deseando. Rubio, cuadrado, con los ojos azules, y no va de guaperas, punto a su favor. ¿Lo habéis pensado bién? Lo diré despacito, es una es-pon-ja que ha-bla. Queridos guionistas ¿Que ocurrió aquel día?

¿Quién vive en la piña debajo del mar?

La esponja con ojos vive en las profundidades del océano pacífico. ¿Y donde puede vivir una esponja que habla? ¿No se os ocurre nada? Está claro, en una piña. Desparrame.

¿Que pensabáis? ¿Que habíamos terminado? De eso nada amigos, Bob sale todos los días de su piña para ir a trabajar al crustáceo crujiente, un garito de extraño origen donde Bob aparenta ser una esponja explotada.

Cuando vuelve a casa, tiene un vecino al que le toca las narices muy a menudo, un tal calamardo, que como su nombre indica es un calamar, genialidad «again». Si no es así, se va con sus amigos. Patricio, que es una estrella de mar con sobrepeso, o con Arenita (abran bien las orejas) una ardilla con un traje de buzo. ¿Dónde estaba yo el día que esta gente se puso a inventar?

Responsabilidad sobre los dibujos animados

Vosotros sois los responsables de lo que ven vuestros hijos en televisión. Tenéis que decidir. Lo que no debéis hacer es dejarles que lean las cosas que yo escribo. No me hago responsable de los efectos secundarios.

Sed felices 😉