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La salud mental, un valor desprestigiado

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He de reconocer que, siendo más joven y un poquito más inconsciente, siempre sentí una especie de desprecio (entiéndase bien esta palabra), en lo que se refiere a los asuntos relacionados con la salud mental.

Por decirlo de alguna manera, siempre que observaba síntomas de depresión o ansiedad en algunas personas, en mi interior se alzaba una pequeña voz con una crítica que le quitaba valor al asunto.

Simon Biles y su retirada de la competición por motivos de salud mental

Esta semana, los periódicos han llenado sus páginas con el asunto de la atleta Simon Biles, que decidió no defender su título de campeona olímpica para tratar sus problemas de salud. El asunto ha dado carnaza a los medios para, en cierta manera, deshumanizar un poco a la deportista. Y eso me recordó mi forma de actuar antaño.

Al mismo tiempo, traté de explicar en mi cuenta de Twitter mi opinión al respecto y por otra parte, pude leer a gente escribiendo auténticas burradas. Esto no pasaría si la sociedad estuviese un poco más concienciada de lo importante que es mantener tu mente «en forma».

Despreciar la salud mental, un error garrafal

Con el tiempo me fui dando cuenta del error que estaba cometiendo. Observar a una persona cercana pasar por un bache anímico considerable dentro del plano familiar, me hizo recapacitar sobre el asunto de forma importante.

Puede decirse que al vivir de cerca la experiencia de los síntomas de una crisis, pude comprender que un buen estado de salud mental es un punto muy importante en el desarrollo normal de cualquier persona, e incluso vital, para cualquier ser humano que se precie.

Psiquiatría y psicología, el pilar de la salud mental

No voy a adentrarme en conceptos técnicos, pues soy un completo ignorante en la materia. Hablaré siempre desde un plano muy personal e implantando una opinión que está basada en lo que he podido aprender tras ciertas lecturas y observando el comportamiento de personas que estaban pasando por un trance emocional difícil.

Hay que decirlo para no caer en el error, pero es cierto que durante mucho tiempo la palabra «psiquiatría» causaba algo de pavor en la sociedad, por lo menos en la que yo he vivido. Y eso siempre fue un obstáculo de grandes dimensiones para todo el mundo, más aún para quienes sufrían alguna dolencia.

De un tiempo esta parte y sobretodo gracias a las tecnologías de la información, que nos permiten adentrarnos en mundos hasta ahora desconocidos para muchos, La psiquiatría y la psicología eran asociados de una forma simple a la locura, demostrando así un comportamiento plano y carente de conocimientos.

La mente lo mueve todo

En cierto modo, cuando alcancé a entender que el corazón es el motor físico del cuerpo, pero la mente es la gasolina que abastece al mismo, fue de algún modo el método válido para comprender que la psicología y la psiquiatría tienen una importancia suprema dentro de la salud. Incluso me atrevería decir, y esto es mi opinión, que de la misma manera que nos gusta hacernos un pequeño chequeo para revisar nuestra salud física, deberíamos tratar de hacer lo mismo con nuestra salud mental.

Un estado emocional correcto y sano es el que nos permite realizar las acciones físicas que nos proporcionarán sensaciones placenteras: salir a correr, a pasear, visitar un museo, leer un libro, tener sexo, beber un refresco, comer un pastel… Resumiendo, todo aquello que hace que nuestros días sean más llevaderos.

Ayuda siempre a quien lo necesite

Cuando observemos que una persona actúa de forma incoherente o que ciertas situaciones le sobrepasan de alguna manera, le debemos ofrecer siempre nuestra ayuda, bien sea a través de profesionales o de cualquier otra forma.

Nunca llegaremos a ser conscientes del calvario que puede haber detrás de las acciones de ciertas personas. La vida en ocasiones es muy dura y algunas vicisitudes pueden acabar con la energía de cualquier ser humano en un momento dado. Nadie es inmune a las depresiones y las crisis de ansiedad, entre otras muchas cosas, y aunque ahora no estemos pasando por ello, en algún momento podemos ser víctimas del duro sufrimiento que conllevan ciertas enfermedades mentales.

Sed felices 😉

Estado de alarma y estado de armarla

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El estado de alarma ha terminado, eso nos han repetido los medios de comunicación hasta la saciedad. Ahora comienza una nueva temporada en la que para muchos de nosotros no va a cambiar nada, ya que el toque de queda personal era superior al impuesto. Me refiero a que cuando el gobierno instauró una hora para que no hubiera nadie por las calles, el que les escribe, llevaba un ratito en brazos de Morfeo.

Pero evidentemente no todo el mundo vive en su casa como un fraile, ya lo pudimos ver ayer por la noche. Hay grupos de gente que estaba esperando en sus viviendas como los toros en San Fermín, a la espera del chupinazo. Y así pasó, que cuando se abrió la veda, concluyó el estado de alarma y comenzó el estado de armarla.

Imagen de Okan Caliskan en Pixabay

El estado de armarla

Pues básicamente eso. Que al ser humano le gusta ser libre por naturaleza y aquello de las autorestricciones lo lleva bastante regulín. Y en este país, que salimos de noche más que al camión de la basura, se nos agrava la situación porque todo acompaña.

Tal vez sea el anestesiamiento general que tenemos como sociedad a lo largo de toda la pandemia, o quizás la absurda mentalidad que le estamos dando a las futuras generaciones, haciéndoles pensar que todo es posible si lo sueñas realmente fuerte, es lo que acaba traduciéndose en una ignorancia supina.

¿Quién es culpable?

Tal vez nadie y probablemente todos. Si en medio de un estado de alarma donde estaban falleciendo cientos de miles de personas nos poníamos a bailar coreografías en las terrazas, tal vez no sea ahora el momento de ponernos dignos y pedirle a nuestros jóvenes que no hagan un botellón. Un poco de ejemplo no hubiera venido mal, oye.

Ya se que es una opinión impopular y que muchos se ofenderán, pero el ejemplo, aunque no lo es todo, ayuda muchísimo. Luego las circunstancias empujan la balanza en un sentido u otro, y lo cierto es que ayer vimos a muchos jóvenes (y no tan jóvenes) siendo irresponsables. Pero pensemos, ¿cuántos lo fuimos a cierta edad?

No justifico nada, pero esta generación de jóvenes está conviviendo con una pandemia, habría que habernos visto a nosotros en la misma situación. Si se pudiera jugar con el tiempo, más de uno dejaría de darse golpes en el pecho y se avergonzaría de si mismo.

¿La solución?

No creo que exista una solución determinada. Existe el control. Y creo que eso está en manos de las autoridades. De la misma forma que es su obligación dejarnos claro, bien claro y cristalino, todo lo que se puede hacer y lo que no.

Porque yo con las prisas de los toques de queda, me bajé un día echando leches del coche con toda la compra que llevaba en el maletero, subí en el ascensor mirando el reloj y cuando descargué las bolsas en el descansillo y llamé a la puerta para que saliera mi mujer a echarme una mano, me abrió la vecina con una enorme sonrisa bajo su mascarilla y me dijo «Creo que te has equivocado de piso».

Yo soy un carajita, de acuerdo, pero no me negaréis que desde que saltó el Covid-19 a la palestra, no habéis tenido algún ratito de confusión.

Por aquí se puede ir, por aquí no.

Toque de queda a las nueve,

¿De la mañana o de la tarde?

Me voy a poner la mascarilla

En este pueblo tienes que llevar 2 mascarillas

¿ Y dónde pone eso?

Lo dijo el de la farmacia

¿Estás segura Carmen?

No, pero si lo dijo Joaquín que es enfermero, algo sabrá.

Manolo quítate eso

Es mi mascarilla nueva

Es el tanga de la vecina

El estado de alarma que nos queda

Y así llevamos más de un añito. Pero nos descojonamos de risa y seguimos adelante mientras no nos salpique el agua. Eso si, aquí de cara al mundo todos somos muy responsables y nadie incumple una norma, pero a la hora de clamar al cielo salimos de la cueva echando leches.

Tal vez nos falte naturalidad y nos sobre postureo, que dicen ahora los chavales. Y empezar desde cero, por qué no. Hablarle a los muchachos de responsabilidad y de consecuencias. Coger al abuelo, ponérselo delante de sus narices y decirle a los chicos claramente que si no son responsables, el abuelo puede irse al otro barrio y que incluso siendo responsable también puede pasar.

Dejémonos de traumas inexistentes y empecemos a hablar con esos niños, que están en proceso de convertirse en hombres y mujeres. Hay que explicarles que esto va muy en serio y que sabemos que para ellos es una putada vivir toda esta mierda justo a su edad. Que la única solución que conoce la humanidad ahora mismo es joderse y aguantarse sin salir de copas, o aplicar un estado de alarma para encerrarlos en casa por narices.

Ahora sin estado de alarma, esto acaba

No va a acabar, lo siento. El Covid ha venido para quedarse. Nos vacunaremos y aprenderemos a vivir con él, no queda otra. Incluso estoy seguro de que en unos cuantos años nos reiremos de nuestra actitud frente a algunas cosas que desconocíamos.

MUY IMPORTANTE: No debe hacer ningún caso de todo lo que pone en estas líneas. Soy un bloguero más que expresa su opinión y no quiero ofenderles. De la misma manera, debe saber que si le ofende algo de lo que hay aquí expuesto, me importa una soberana mierda. Yo lo que quiero es ser feliz y también deseo que ustedes lo sean, si, tú también querido ofendidito.

Sed felices;)

Soy camarera

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Es la una de la madrugada, mi jornada acabó hace dos horas y aquí sigo con estos horribles zapatos que me están machacando los pies. Repaso con la mirada todo el restaurante y observo cada mesa una por una. No falta nada, todo está recogido y preparado escrupulosamente para mañana.

Pero mi vista se detiene en la única mesa que todavía sigue ocupada. Allí están, entre carcajadas y ruidos provocados por los golpes con la palma de la mano, las dos parejas y aquel borracho que siempre les acompaña. No reparan en que, además de haber llegado quince minutos antes de cerrar la cocina, me tengo que ir a descansar después de una estresante jornada de doce horas. Doce putas horas.

pixabay.com

Pero continuan, a ellos parece importarles una mierda el tiempo que llevo entre carreras, comandas, pedidos, platos, bebidas, carreras, más comandas, más platos, más bebidas, etc… Ellos son felices, es una noche de cena entre amigos, otra más. No hay problema, el dueño del bar les tiene en estima.

—Trátalos bien niña, son buenos clientes. —me dice entre risas.

«Y yo soy una camarera cojonuda, pero después de tantos años todavía no te has dado cuenta», pensé para mis adentros.

Y el jefe, con esa sonrisa forzada que provoca la clientela que va a aumentar la cuenta corriente, riega las copas de balón con licores variados. Los agasajados clientes se codean entre ellos sintiéndose especiales y henchidos de orgullo por la majestuosa atención. Me dan ganas de decirles en voz alta lo idiotas que son, que no se sientan especiales, que tan solo forman la parte más importante del negocio, la de pagar. Pero a mi qué más me da, yo solo quiero que acaben y se vayan a la mierda. Quiero sentir la comodidad de un asiento y que la sangre vuelva a circular por mis piernas.

Lo vuelvo a revisar todo una vez más, he montado las mesas para el día siguiente, he barrido, he fregado, he colocado las copas, los platos, los vasos de tubo, los de caña, todo lo que se puede colocar, absolutamente todo. Pero allí sigo casi dos horas después del fin de mi jornada. Esperando a que aquel imbécil, que ya me ha guiñado el ojo dos veces, se acabe el último trago. Otra vez me vuelven las ganas y quiero decirles que se vayan, pero no…

—¡Niñaaaa! Échame un poco de hielo que se me está aguando. — Grita desaforado el borracho sin mirarme ni siquiera a la cara.

«Lo que me encantaría es echarte un cubo de ácido por encima, pero la ley me lo impide».  —vuelvo a pensar para mi.

Le recojo el vaso sin mirar y con cara de pocos amigos.

—¡Uy! ¡Esta está muy seria! —dice el borracho mientras sonríe a sus amigotes.

No puedo más, si me sigo aguantando voy a explotar.

—Lo que estoy es cansada de currar todo el día y aguantar las bromas de la gente.

Se hace el silencio en el salón. Casi lo agradezco. Mi jefe me dirige una mirada fulminante mientras cojo las pinzas y pongo dos piedras de hielo dentro del vaso. 

—¡Marta! —Me llama el jefe, con la misma cara de pocos amigos.

Con el vaso en la mano, me dirijo hacia la barra en la que está apoyado con los brazos abiertos. Me hace un gesto para que pase dentro. Parece que tiene algo que decirme.

—¡Marta joder! Son unos buenos clientes, no les respondas así. —me dice susurrando.

Asiento con la cabeza a regañadientes. Aunque a su vez mi cerebro está desarrollando un monólogo que dice todo lo contrario.

«No, estos no son buenos clientes, los buenos de verdad no se quedan a cenar y a tomar copas cuando les dices que faltan quince minutos para cerrar la cocina. Los buenos clientes son como esa parejita que vino a cenar a las nueve de la noche y que a pesar de que nos habíamos equivocado con una de sus bebidas, se dirigieron a nosotros con mucha educación, para comentarnos el error y ver si podíamos solucionarlo. Además, dejaron la mejor propina del día y se despidieron haciéndonos saber lo que más les había gustado. ¡Esos eran buenos clientes! No las dos niñatas venidas a más con los pijitos de sus novios y el atontado que les acompaña».

—Aquí tiene, su hielo.

—Gracias, guapetona.

«Me cago en la putísima de tu madre». —vuelvo a pensar interiormente mientras finjo, con infinita paciencia, no haber escuchado nada.

Diez minutos después deciden levantarse. El jefe me hace una señal y les abro la puerta mientras van saliendo. El borracho viene el último, ahora entiendo que hace con las dos parejas. Es él quién lo ha pagado todo. Estoy segura de que me va a decir algo antes de salir, los conozco a la legua, son todos iguales.

—¿Qué vas a hacer ahora chata?

—Dormir.

Se hace el silencio unos segundos.

—¡Joder, qué sosa eres!

No le respondo. Cierro la puerta y todavía tengo que escuchar a mi jefe como me da una lección de moral y otra de simpatía. La verdad es que me entra por un oído y me sale por el otro. Sólo quiero descansar y perderles de vista. Bastante tengo ya, no te jode.

Me marcho de allí y la calle está en completo silencio. Es una gozada, probablemente sea la mejor sensación de todo el día. Todavía tengo que andar durante dos kilómetros hasta llegar a mi casa. A esas horas no hay transporte público que funcione y mis piernas deben afrontar un último esfuerzo. Mientras camino voy pensando en mi futuro, en las probabilidades que tengo de cambiarlo todo y abandonar de una vez por todas la exclavitud que supone mi trabajo. Lo voy a conseguir, tengo que modificar muchas cosas pero yo soy la dueña de mi destino, nadie más.

Cinco años después

—Buenas tardes, me llamo Marta Fernandez Aloisio, soy la jefa del departamento de recursos humanos y les voy a entrevistar uno por uno. Vayan pasando tal y como la persona que les precede salga del despacho.

A pesar de ser la única mujer en aquella sala, siento que tengo la sartén por el mango. Los cuatro me miran asustados, pero uno de ellos lo hace con la cabeza un poco gacha.

—¿Alberto Canales?

—Esto…si

Responde el de la cabeza gacha. Parece avergonzado y eso despierta mi interés. Su cara me resulta conocida.

—Usted será el primero.

Entro en mi despacho, dejo el bolso y el abrigo colgado del perchero y tomo asiento en mi cómodo sillón.

—Hola buenas, con su permiso—masculla aquel tipo cuyo rostro me resulta familiar y por un momento me devuelve a mis años de bandeja y comandas.

De repente, me viene a la cabeza aquel borracho del restaurante, el que lo pagaba todo. No puedo reprimirme, me he esforzado durante muchos años para tener la oportunidad de vivir situaciones como esta. Mi expresión hace el resto.

—Pasa, joder, no seas soso.

Sed felices 🙂

La consulta del Doctor Felicidad

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Image by valelopardo from Pixabay

—Buenas tardes, doctor.

—Buenas tardes señor Nacho ¿Cómo se encuentra usted?

—Pues mire, venía a verle por un serio problema de tristeza.

—¡Ay la tristeza! Causante de tantas dificultades y obstáculos en esta vida.

—Bueno, si. La verdad es que alguno que otro.

—Lo dice poco convencido.

—Verá doctor. Yo realmente no me encuentro triste. Tal vez algún día un poco alicaído, pero lo que se dice triste, triste… no estoy.

—Entonces, ¿Por qué viene a verme?

—Pues a eso iba, que se me ha adelantado. Resulta que aunque no me siento triste, debo estarlo.

—¿Perdone?

—Si, si. Como lo oye.

—Vamos a ver señor Nacho. ¿Cómo va a estar usted triste si no se siente triste?

—Déjeme explicarle. Resulta que yo tengo cuentas abiertas en varias redes sociales: Facebook, Twitter, Intagram, el bar de la esquina, etc… Y en todas hay gente feliz las 24 horas del día y los 7 días de la semana. Es una jodida pasada. Todos felices durante todo el puto día. Le podría contar mil casos: Comidas copiosas, fiestas en la playa, fotos chulis con los dedos haciendo la V de victoria, o de vendetta, o de vegano. Es increíble, mire por donde mire, la gente está feliz todo el puñetero día.

—¿Y que hay de malo en todo eso?

—No, no, si a mi me parece cojonudo.

—¿Entonces? No le sigo…

—Pues que parece que la gente nunca se aburre. Le pongo un ejemplo.

—Adelante, soy todo oídos.

—En el día de ayer. Me levanté por la mañana, me hice un café con leche y me salió «aguao». Más tarde fui a la compra al super de la esquina. Después me comí unas lentejas que estaban más duras que el portón del chalet de un narcotraficante. Me eché una siesta. Luego bajé al parque con el niño y estuve allí tres horas, y me subí a casa con más frío que el ginecólogo de Frozen. Después hice la cena para mi mujer y mis hijos y me fui a dormir. ¿Usted cree que yo puedo colgar una foto pleno de felicidad haciendo todo eso? Si lo mejor fue la siesta y no me puedo retratar mientras duermo.

—Bueno. Pues la vida normal de un padre, digo yo. Sigo sin entenderle.

—Joder, pues que miro en las redes sociales y veo que mis amigos, que también tienen hijos y trabajan, han estado de barbacoa, se han bañado en la piscina o en la playa, han salido de copas y eso que hay toque de queda, se van de viaje a los Fiordos noruegos en plena pandemia con tres hijos, un loro y dos san bernardos. Y además, se echan unas fotos, o selfies como dicen ahora, y ponen cosas del estilo: Ay que bien se está cuando se está bien aquí en la playa tan agustito. Todo junto, sin comas.

—¿Pero todo la misma persona?

—No, no. Varios.

—Discúlpeme, sigo sin entenderle caballero.

— Vamos a ver doctor, que es practicamente imposible que un padre y una madre trabajadores, con dos hijos, se vayan de fiesta un martes, o que organicen una barbacoa un miércoles y un viaje a los Fiordos en medio de una puta pandemia.

—Me parece que lo que usted tiene es envidia.

—Pues claro que la tengo, no te jode.

—No se me enfade. Pero creo que tengo claro su diagnóstico.

—Dígame doctor, ardo en deseos de escucharle.

—Creo que usted sufre…me va a perdonar.

—Venga joder, escupa.

—Creo sinceramente, que usted es lo que se conoce en el argot medicinal como un «pringao de manual».

—¿Perdone?

—Si, si, sin dudarlo.

—No se que decirle, la verdad. ¿Pero esto tiene cura?

—Lo cierto es que no, es más, viéndole la cara es bastante probable que lo sea usted toda su puñetera vida. Pero para calmarle, le diré que hay un tratamiento para reducir considerablemente los efectos.

—Le escucho atentamente.

—Es lo que conocemos como el arte del «disimule»

—¿El disiqué?

—El disimule. Es muy fácil. Por ejemplo: ¿Usted se puede ir mañana mismo al Pirineo aragonés con su mujer y sus hijos y hacer una ruta de senderismo?

—¿Mañana? ¿Un martes laborable? ¿Estamos locos? Pues claro que no, los niños tienen colegio, yo trabajo y además…

—¡Vaaale! ¡Pare, pare! Que me va a hacer llorar. Aquí es donde entra en juego el tratamiento del «disimule». Si como parece, es evidente que usted mañana no podrá ir al pirineo aragonés a darse un paseo, no pasa nada. Con las mismas, se va usted al Cerro de los Ángeles en Getafe y busca alguna zona de frondoso arbolado.

—Pero eso…

—No me interrumpa, por favor. Acto seguido, pone la cámara del movil en modo retrato para darle profundidad al asunto, ensaya su mejor sonrisa mientras rodea con los brazos a su familia, y se hace una buena foto. Puede repetir la instantánea doscientas veces, hasta que la risa, el efecto luz y la V de victoria chachi superguay de sus dedos, queden primorosas. Una vez terminado, coge usted la foto y pone un comentario del tipo: «Mountain day» ó «de picnic chuli with my family», y veintisiete hashtags del estilo: #mountain #senderismochuli #airepuro #picnicchuliinthemountainwithmifamily. Sus redes sociales arderan al instante con «likes y me gustas» de todos los colores.

—Pero oiga, eso es faltar a la verdad ¿no cree?

—¿Y quién coño va a saberlo? Es ahí donde entra el juego el disimule. Usted no está en el Pirineo aragonés, pero lo disimula.

—Aahhh. O sea, que tengo que aparentar felicidad máxima aunque esté en el Cerro de los Ángeles debajo de un chopo con un sandwich de máquina de hospital.

—Correcto. De hecho, no creo que sea usted el único que utiliza el tratamiento.

—¿De verdad? ¿Es eso cierto?

—Se lo aseguro. Es más, creo que su amigo está ahora mismo en el Palacio de Hielo, no en los Fiordos. Revise bien esas fotos.

—Me deja usted ojiplático.

—Ya lo imaginaba. Pero usted recuerde, una foto postureando cada ocho horas, aunque esté en Valdemingomez de excursión. Lo importante es aparentar ser feliz por cojones.

—Muchas gracias doctor, me voy mucho más tranquilo. Nada más salir de aquí empiezo con ello.

—¡Esa es la actitud señor Nacho! ¡Recuerde, postureo del bueno al instante! ¡Y mucha agua!

—¿Agua? ¿Para qué?

—Para la foto. No se olvide, un pantano de cerca es una playa en Facebook.

—Joder doctor, no deja usted de sorprenderme.

—Para eso estamos.

—Buenas tardes doctor.

—Buenas tardes amigo.

Acto seguido, abandoné la consulta y vi a mi mujer esperándome con el coche en la acera de en frente. Me dirigí hacia ella con una amplia sonrisa y entré con ímpetu en el vehículo.

—Hola cariño —dije con vigor.

—Hola mi amor ¿Qué te ha dicho el médico?

—Que soy más pringao que el que barría los desiertos.

—¿Y eso?

—Arranca cariño y te voy explicando por el camino.

—¿Vamos a casa?

—De eso nada. ¡Al Cerro de los Ángeles!

—Nacho, es martes y son las ocho de la tarde. Además, hay que recoger a los niños, bañarlos y darles de cenar.

—Cariño, me estás jodiendo el tratamiento. Así empezamos mal.

Viejos la culpa es vuestra.

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Queridos viejos:

No pediré perdón por llamaros así, porque viejos, la culpa es vuestra. Creo que hacerlo de otra manera sería quitaros un mérito que la vida os ha entregado con reconocimiento. Además, no estoy dispuesto a usar otra expresión que devalue una característica tan cariñosa, y que ahora, coronavirus de por medio, algunos tachan de despectiva. Ignorantes todos.

Perdón

Me gustaría pediros perdón, pero no voy a hacerlo, lo que tengo que hacer es culparos abiertamente. Hablaré desde mi trinchera, mejor dicho, desde mi casa que para mí es lo mismo. Además de mi deber.

En estos días muchos estamos reclamando nuestra cuota de «grandeza» en las redes sociales, aunque luego bajemos a pasear al perro 5 veces. También queremos protagonismo siendo esos «grandes olvidados». Y no hablaré de los aplausos vacíos que dedicamos a los sanitarios mientras cobramos nuestro trabajo en negro. Pero la culpa es vuestra, viejos.

Es una mierda, lo se. Nos habéis dado lo mejor a cambio de nada, y ahora todos creemos que el agua viene de otro planeta y que la vida sin Netflix, no es vida. Gracias a vuestro excelente trato se ha creado un ejército de yuppies que elude responsabilidades con suma facilidad. Una generación de irresponsables que es incapaz de entender que la solución está en quedarse en casa. Lo dicho, culpa vuestra.

Y no me pondré ni colorado al decirlo. Nos habéis hecho pensar durante años que la nevera debía estar siempre llena de las cosas que más nos gustan, hemos convertido las necesidades en obligaciones. Y claro, es muy difícil tener que haceros la compra ahora que no podéis salir de casa. ¿Dejar de ver nuestra serie para ir al supermercado? Ni locos ¿Pero qué os habéis creído, viejos?

Que si viejos, la culpa es vuestra

La culpa es vuestra por trabajar durante años como animales para darnos todo aquello que necesitábamos, y también lo que no necesitábamos. ¿A quién se le ocurre? Y encima esperaréis que nos quedemos en casa para protegeros. Estais flipando, viejos.

Os culpo por haber cotizado dignamente en trabajos honrados y también miserables, pero siempre de forma legal. Ahora tenéis lo que os merecéis, viejos. Una descendencia plagada de niñatos malcriados y de nietos insolentes, cuya infame vida gira en torno a la pantalla de su teléfono móvil. Pero repito, la culpa es vuestra, solo vuestra.

Los hay que incluso piensan que sobráis. Y eso también es culpa vuestra. Habéis criado en silencio a vuestros hijos, y a los hijos de vuestros hijos. Siempre sin poner una mala cara, es más, hasta con una sonrisa. Transformásteis un favor en una obligación, y a muchos, se les indigesta tener que esforzarse ahora por vosotros. Esforzarse sí, quedarse en casa.

Miedo

Pero mirad que sois ingénuos, viejos. Ahora que os encontráis en una posición de debilidad (digo ahora porque siempre habéis sido los más fuertes con diferencia), lo único en lo que pensáis es en volver a ver a vuestros nietos, en tener a la familia reunida en torno a una mesa repleta de comida, en preocuparos por cómo estamos los demás, en que a los egoistas no nos falte de nada. Y allí, con los ojos llenos de miedo, a través de una videollamada que habéis aprendido a hacer a base de trompicones, estáis con la serenidad que os ha caracterizado siempre, tratando de ser el primer ejemplo. Porque llorar y lamentarse no es lo vuestro. Lo vuestro es sacar a relucir los cojones y los ovarios que a nuestras generaciones de malnacidos nos faltan, sin levantar la voz lo más mínimo. Todo para seguir tirando del carro como lo habéis hecho toda la vida.

Me despido para recordaros que por todo esto, la culpa es vuestra y solo vuestra, viejos.

Sed felices, viejos 😉

MADRID. TODAVÍA MAS.

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Estanque del Retiro vacío.
Siempre me gustó caminar por la ciudad, aunque para desplazarme a ciertos lugares tuviera que coger primero el coche. Y esta urbe es lo que tiene, todo está lejos de todo. Ir al cine en cualquier población, supone contar la distancia en cientos de metros o en un par de kilometros, pero no en Madrid. Aquí, las distancias se miden en paradas de metro o de autobús. Y si se hiciera en kilómetros, los trayectos no bajan de los cinco. Pero eso forma parte de su encanto, creo yo, no se si por discrepar de la habitual calificación de la ciudad de las obras y el tráfico, o por una enérgica defensa del lugar que mas amo de este planeta.

Pero la emoción de caminar por Madrid va mucho mas allá de sus distancias y calificaciones. Lo verdaderamente emocionante de Madrid se esconde en sus rincones secretos, en sus lugares repletos de historia, en sus magníficas leyendas y en la múltiple variedad de los personajes que la recorremos.

Emociona, si, saber que puedes estar caminando entre los que pueden ser los personajes históricos del futuro, el Ortega y Gasset del 2050, la Lina Morgan del teatro que viene, o que aquel friegaplatos del restaurante donde estás comiendo, sea un pintor de élite como le ocurrió en su día a Don Francisco de Goya y Lucientes. Y ustedes dirán, pura imaginación todo. Pués tal vez sea así, pero Madrid es lo que tiene, te invita a desbordar esa imaginación como no lo haría ningún otro lugar.

Y es que en Madrid, no distinguimos el invierno del verano, ambos son duros. Por eso nos vale cualquier estación para recorrerla, para patearla, para desgastarla, porque Madrid está destinado a envejecer, y a seguir teniendo ese espíritu juvenil que la desborda. Por esa razón el Museo del Prado sigue siendo tan bello, el Palacio Real tan majestuoso y sus calles tan vivas durante las 24 horas del día, porque es una ciudad inagotable, porque te agotarás tú mucho antes que la ciudad. De hecho, ella no descansa.

Y con esto os dejo en paz, vuelvo a retomar el blog con muchas ganas, me marcho al Estanque del Retiro, a ver a los descendientes de Margarita, a ver que me cuentan.

«Pues el invierno y el verano,

en Madrid solo son buenos,

desde la cuna a Madrid,

y desde Madrid al Cielo».

Luis Quiñones de Benavente  «Baile del invierno y del verano».

Sed felices 😉